AMNESIA

martes, 28 de diciembre de 2010
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Se atiborró de galletas, antes de cruzar el piso que la separaba de su propia casa. Por debajo de las huellas que marcaban sus zapatos, la gran carretera la entregaría sana y salva al lugar donde pertenecía. Era tarde, el umbral de la puerta dió paso a la madrugada y a un pequeño estudio con sabor a antiguo que desprendía un aroma que ella conocía bien. Frente a sus ojos el portátil...los dedos se deslizaron sobre las teclas, atraídos por el mismo magnetismo de siempre, como un impulso feroz que era incapaz de contener...pero esta vez los dedos no la llevaron hasta el mismo destino. Pasaron horas hasta que descubrieron su cuerpo latiendo todavía sobre la cama de su dormitorio. En algún lugar un crímen había sido perpetrado, pero nadie se preocupó por buscar a la víctima, por enterrar su cadaver, nadie echó de menos a ese ser ya extinto. La policia ni siquiera se tomó las molestias oportunas por revisar el caso.
Marta fue trasladada al hospital, fría y serena y aún en su estado de amnesia tuvo la certeza de que ella, había sido la asesina.


El azul ártico de las paredes del hospital clavaron en la conciencia de Marta el peso de una culpa que aún en su estado de amnesia disociativa, como la catalogó Andrés, su médico, merodeaba en su interior buscando a la otra Marta...


-No te preocupes pequeña, todo está bien – le susurró el doctor L. Andrés al oído.


-No estoy tan segura Andrés, ayer cuando conseguí llegar a casa, después de tomar todo ese alochol y de hablar contigo por el chat estoy segura de que sucedió algo...algo que no consigo recordar...algo malo...


-Marta, escúchame, tienes un trastorno de identidad disociativo, tú no has hecho nada malo, hazme caso estuvimos horas en la red, hablando y riendo. No lo recuerdas porque esto es algo que ya hemos comentado otras veces y ese trastorno de la personalidad múltiple es el que te carga con una culpa que no es tuya. Debes relajarte y continuar con la terapia, todo se va a solucionar...shhh...tranquila.


Marta cerró los ojos y se dejó acariciar el pelo, por la mano con la que horas antes había compartido virtualmente su euforia y sus secretos más inconfesables. Sedada y distendida consiguió dormirse en la camilla.

A cuatro manzanas de allí, el ventanal de un pequeño edificio de corte rústico, dejaba entrever por debajo de las cortinas de gasa a una mujer joven, dormida para siempre sobre su instrumento de pared...junto a ella, los restos una tableta vacía de barbitúricos y una botella de ginebra terminada completarían el cuadro suicida por sobredosis...el día en el que alguien descubriera el cadáver de la profesora de piano de Marta.
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BLANCA NAVIDAD

martes, 21 de diciembre de 2010
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Y la nieve prosiguió allí...blanca, perfecta, radiante, anunciando un nuevo año a la Navidad...volviendo puntual para ser admirada, protagonista de todos aquellos ojos, lista para ser presenciada, aún a sabiendas de que jamás existió...
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EL TABLERO.

martes, 14 de diciembre de 2010
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Los dos se miran, no dicen nada, dama y rey, eternos oponentes hasta el final de los tiempos. Apenas los separa medio metro de oxígeno en el ambiente y un tablero de cuadrículas precisas que sujeta las piezas del ajedrez. Reinas, peones, alfiles, caballos...tan perfectamente colocados, alineados en sus posiciones estratégicas con el único y firme propósito de derrotar al otro adversario...como en una batalla de la vida, donde apelando al sentido común y a la lógica, hay un escondido, un exponente, un cuerdo, un loco y hasta un cobarde. Buscando una solución que no tiene ecuación lógica, ni algoritmo milagroso, ni nada con lo que abanderar el "sálvese quién pueda"...no hay manual, ni hay instrucciones, todo vale, todos somos sus jueces y su parte, hasta el momento en el que toman partida hasta mancharse y marcarse...y entonces como en una gran partida de ajedrez...los dos se miran y no se dicen nada, aún a riesgo de saber que con una palabra o un gesto, doblegarían todas las leyes naturales, acercarían sus posiciones y a fin de cuentas...evitarían tantas muertes innecesarias.
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EL MUNDO EXTINTO

martes, 7 de diciembre de 2010
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Cerró los ojos y disfrutó de ese momento con paciencia, fingiendo que no tenía ni idea de por donde comenzar, aún siendo falso, sintiendo su cuerpo deslizarse entre sus manos, frío como aquel helor extremo del que sólo se tiene la certeza en el epicentro del invierno, se dejó acalorar por su acercamiento justo en el momento perfecto de cercarlo entre sus labios y de saborearlo junto a su lengua y supo de inmediato que aquel era sin lugar a dudas el momento más erótico de toda su vida...presuroso por llevarla hacia su cuello,el mundo que conocía podía perecer sin importarle y él tan sólo pidió permiso para seguir latiendo y dejó de respirar como para extinguirse, capturando el sabor del ser amado, al tiempo de tragárselo consigo para siempre y al abrir los ojos contempló la copa vacía...el hielo ya no estaba allí para ser devorado...se lanzó a toda prisa a la barra pidiendo con desesperación un nuevo vaso de Bourbon...el mundo le pareció extinto...
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LA SONRISA BIPOLAR.

martes, 30 de noviembre de 2010
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Te veo caminar entre la oscuridad de tus pensamientos, haciendo equilibrios sobre la delgada línea que separa el bien del mal. Con la expresión segada en tu cara, como si a un travieso Miguel Angel se le hubiera olvidado dibujarte la boca y en su ausencia una máscara te devuelve una eterna sonrisa bipolar. Te veo custodiando el sótano donde reside tu alma, correteando entre los pasadizos del lugar donde almacenas la fórmula exacta que me hace reír o exasperar, donde jugando a ganar, descubres que también se pierde...tal vez si dejaras de aferrarte a la roca, como un molusco que imita inutilmente al erizo, soltaría los tirantes que te ajustan el antifaz y sobre la desnudez herida de tu rostro pintaría una sonrisa eterna...de esas que van bien con todo, elástica y voluble, con capacidad para albergar todos los tipos de risas, que te aleje por unos momentos de tu caos interior... antes de que te des cuenta de que te miro y te apresures a borrarla ... antes de volver a sellarte la máscara y desdencer para siempre a los calabozos de tus entrañas, donde sobre un espejo sin reflejo, ensayes eternamente..
.la sonrisa bipolar.
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(Cap. XIV) El hombre del banco: Algunos hombres buenos.

martes, 23 de noviembre de 2010
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Amanece despacio en el parque de la gran ciudad, el sol se cuela sin prisas entre los entresijos de las hierbas, para zarandear las pocas flores que ha dejado el otoño y hacerse paso entre el paisaje. Al fondo del pasaje principal, donde los olivos urbanos serpentean el camino, se puede divisar con claridad el mismo banco público de siempre, aquel que tantas veces acomoda y da hogar al hombre del banco. Rodeado por un escenario envidiable de Lirios y otras flores de invierno el aroma a lavanda y romero se hace evidente tras el frío nocturno y bajo el telón de una gruesa manta el hombre del banco permanece inmóvil sólo acompañado por su incesante respiración, hasta que puntual a su cita, como un reloj regalado por la naturaleza, los rayos del sol cubren su cara invitándolo a seguir vivo y a no perderse nada...


Presiente que hoy será un gran día, de esos que no se olvidan fácilmente, que marcan y que dejan huella interior, así que sin saber muy bien ni como se calza sus únicos mejores zapatos y persiguiendo sus propias huellas se deja llevar por el asfalto obedeciendo sólo a sus pasos. No ha caminado mucho cuando se topa de bruces con una Fiat Ducato, aparcada en la puerta de una sala de conciertos y cargada de instrumentos donde sus ocho pasajeros al verlo lo reciben entusiasmados y no dejan de elogiarlo por su puntualidad y por su acogimiento, ante tal situación el hombre del banco se abraza a todos ellos y se siente tan complacido que se decide a acompañar a aquellos desconocidos allá donde vayan. Uno tras otro comienza a subir y a bajar de la furgoneta cargando los pesados artefactos sonoros que van llevando cuidadosamente al interior de la sala y él que ya ha demostrado tantas veces ser un individuo solidario, asciende y desciende del vehículo con la sonrisa puesta y cargando con las guitarras, la batería, micros, cajas, cables, a una velocidad por la que es aplaudido por sus generosos compañeros de viaje. Ya en el interior del local un amable camarero le dispensa una cerveza tras otra insistiéndole mucho en que después del concierto habrá más para él y para sus compañeros del grupo, así que el hombre del banco se regocija entra tanto derroche y desinterés y se toma todas las copas que aquel altruista ser humano le va sirviendo. Aplacada su sed y calmados sus deseos se sumerge entre la multitud del público y disfruta del concierto mientras el resto del integrantes de la banda le hacen señas de ánimo desde el escenario y comentan entre sí lo amable que es el dueño de la sala, que no ha dejado de ayudarles con la descarga de instrumentos y con el montaje y además ahora corea sus canciones... el hombre del banco tan gentil como de costumbre les manda mil guiños desde su parche en el rostro, que levanta y tapa rápidamente en un palmear delicioso de su perfil izquierdo, hasta que de pronto, acierta a ver rodando por el suelo lo que le parece una esfera perfecta, tan impecable, tan brillante como un ojo humano y persiguiéndolo, sale de allí, camina por el paseo General Martinez Campos en dirección a Tribunal y poco antes de cruzar la carretera, la bola se detiene justo al pie de la estatua de un gran hombre, junto a ella, un banco público se le muestra complaciente y tras recoger la juguetona canica de la calzada se recuesta en él a contemplar a los viandantes nocturnos que toman la ciudad con sus pasos. Cercanos a él camina una expedición humana formada por cinco integrantes del público a los que reconoce al instante...con su porte refinado y haciendo uso de una reverencia saluda a las dos damas y saca la lengua a los tres varones, pero ellos parecen no verlo y continúan su trayecto perdiéndose entre los callejones que desembocan en la Gran Vía.


El frío de la noche y el alcohol cabalgando por sus venas le adormecen la conciencia en aquel plácido banco de la capital que sólo es avivada por el sonido del vehículo que frena a dos metros de él y por el que desciende aquel camarero tan cordial que además de servirle copas toda la noche le explica que ha sido una suerte enorme al encontrarlo de regreso al local, después de haber tenido que marchar a toda prisa en mitad del concierto pues así no tiene que volver para entregarles "lo acordado" y acto seguido le coloca en el interior del bolsillo de la americana un sobre repleto de billetes despidiéndose de él en su flamante Audi A7 y dándole las gracias, mientras cerrándose la capota del vehículo, desaparece engullido por la oscuridad.


...Hoy ha sido un gran día, de esos que no se olvidan fácilmente, que marcan y que dejan huella interior, el hombre del banco se descalza sus únicos mejores zapatos y se duerme plácidamente en el banco junto a la escultura...
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LIBRE

martes, 16 de noviembre de 2010
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Se sienta a la orilla de sus zapatos, allá donde el dolor no alcanza las puntas de sus pies, la lluvia hace brillar las sábanas de la arena, la estrujan entre conchas urbanas y los despojos de algas a la deriva, platean sobre la cresta espumosa de una cerveza recién vertida, amontona todas sus provisiones más urgentes, una cajetilla de tabaco, el encendedor, el móvil, mientras se consuela despedazando su propia conciencia, al tiempo que surge entre la multitud, abriéndose paso entre la selva de asfalto y camina, sin rumbo, sin destino, sin cesar y entonces levanta su hermosa cabeza y dirige su mirada hacia el cielo sin techo, ni estrellas, bajo unas nubes decoloradas por el clima y la intemperie
y estira sus brazos y ríe y por un momento...se siente libre.
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EQUIPAJE

martes, 9 de noviembre de 2010
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El tren prosiguió su camino, inmutable, tranquilo, sin sobresaltos, viendo a la gente subirse y bajarse de él como si nada. La maleta continuó en el andén, perenne, para siempre, llena de recuerdos y vacía de equipaje.
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NAUFRAGOS

martes, 2 de noviembre de 2010
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Mañana me despertaré fría y tranquila, empapada en sudor tras un naufragio nocturno y surcaré los recodos de mi memoria buscándote en cualquier parte, agarrándome al mástil que señala un cielo que no es mio, tal vez allí te encuentre, donde el silencio se confunde entre vocales, seguiré la dirección de la brújula, la proa continua en soledad, ni una huella, ni una marca de que un día fuiste...y yo sigo aquí sin eje y sin ancla tratando de no zozobrar entre mis pensamientos, arrancando las velas de mi conciencia para lanzarte por la borda entre la tormenta perfecta, enterrándote entre la espuma de las olas, tras un frío iceberg que me augura que el puerto queda lejos y que la madera se hunde...te miro bajo el agua, callado, pálido, sereno, te miro frente a mi en ese último instante que nos separa de la vida, silenciado por el mar, los ojos hablan, escucho las palabras finales, esas que nunca se dijeron, las impronunciables, caemos, seguimos cayendo, tan profundo como un día fuimos capaces de elevarnos, las manos se entrelazan, los labios sonríen delicadamente, como cuando no queda nada más, como si todo lo hubiéramos vivido y no hubiéramos tenido tiempo para comenzar lo que ahora termina y en ese diálogo mudo morimos, ahogándonos como lo hemos hecho en la distancia cada día...náufragos de un corazón a la deriva...la noche ha sido larga...mañana me despertaré fría y tranquila.
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(Cap.XIII) EL HOMBRE DEL BANCO: EL BANQUETE

martes, 26 de octubre de 2010
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Cap.XIII EL HOMBRE DEL BANCO: El banquete.



Tras escapar de la clínica oftalmológica, el hombre del banco regresa a su vivienda habitual, el banco público situado en la parte derecha del parque de la Route, aquel que los rayos solean en otoño, nada más comenzar el día, acompasado por el vibrante trinar de los pájaros y el maullido intenso de algún gato en celo. Con semejante sinfonía, el hombre del banco, se despereza en su trono público, satisfecho de haber escapado de las garras del empalagoso marqués aunque consternado por la pérdida de su abrigo económico. El hombre del banco, se estira cuan largo es y con paso firme comienza a recorrer algunos de los senderos del parque donde no tarda en ver a un grupo de mujeres ataviadas de negro riguroso que lloran copiosamente.
- ¡Oculoris! -exclama-, alguien lo ha encontrado antes que yo. Y con la duda y el temor de que su gran proyecto hubiera podido ser perpetrado por otras mentes el hombre del banco se acerca sigilosamente a la congregación de mujeres enlutadas y rompe a llorar extenuado, apenado, al haber perdido hasta sus sueños...
Las mujeres lo abrazan, lo consuelan, lo miman y él se deja acunar entre sus brazos, al tiempo que lo conducen a través de las calles cercanas al parque, a un piso pequeño donde un cadáver de cuerpo presente preside el centro de la sala. Muchos más hombres y mujeres, lloran desconsolados la pérdida de aquel ser, en una mesa cercana una fotografía del difunto cita "nunca te olvidaremos, Dr.Honoris...", ¡su sueño estaba a salvo!...toda aquella gente no sabía nada en absoluto de Oculoris...y además una larga mesa de manjares exquisitos se rendía a sus pies donde todos comían y bebían a placer. El hombre del banco, come uno tras otro todos los canapés situados en forma de pelotón en las diferentes bandejas, bebe vinos y licores y después de varias horas de ingesta y como muestra de gratitud hacia todos aquellos plañideros, lanza un sonoro eructo en mitad de la sala, dedicándoles a continuación la mejor de sus sonrisas.

Pero después de cuchichear un rato, los maleducados y desconsiderados familiares y amigos del difunto, le insultan y lo llaman impostor, tirándolo a cajas destempladas del velatorio.

Ya fuera, el hombre del banco, con el estómago lleno, sus sueños depositados nuevamente en Oculoris y la mirada altiva, no dejándose desalentar por aquellos hipócritas seres humanos...se desdibuja de vuelta a su hogar, silbando con gran euforia, como un ruiseñor en la tierra, una melodía que dice..."cuando un amigo se va"...
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BARCOS DE PAPEL

martes, 19 de octubre de 2010
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Desde el epicentro del escenario de tu mente, me diriges unas palabras entre la multitud asistente, un mensaje oculto en una botella imaginaria que sólo yo puedo leer, la magia durará apenas unos minutos y se desvanecerá con el último sonido emitido, el último aplauso de la noche, el último foco apuntándote y entonces yo también me tornaré invisible y me despediré entre la muchedumbre enviándote barcos de papel impalpables, repletos de letras que nunca escribí... y repasando mentalmente tu última estrofa dejo de mirarte y aprendo a olvidarte. Mientras entre las luces y las sombras, la carne se nos parte en dos, como una sandía herida, que emana sangre. Como una cuchillada desmedida...sorbiendo la vida a borbotones. Sin darme cuenta de que a ti... también te duele...
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CRIMINAL

martes, 12 de octubre de 2010
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Se que traman algo, su semblante pensante, su forma de frotarse las manos, la forma en que te rodean...esa oscuridad en su atuendo, el murmullo incesante. No confío. No. No puedo. La duda, una de las más terribles de las emociones, que nos acecha y nos da caza...ellas lo saben, lo perciben, conocen mis intenciones, como si pudieran leer mis proyectos a corto plazo...

- ¡O ellas o yo!, no hay vuelta de hoja...llegar a concebir su muerte...es trágico sí. Es homicida, sangriento, detestable...llamadlo como queráis pero ya no puedo más...

Sobre la mesa de madera de la terraza descansa con intención el arma asesina...Julián levanta enérgico el cazamoscas al tiempo que de un movimiento concluyente pone fin a la existencia de varias moscas, mientras el resto huyen despavoridas de la zona con su zumbido eterno.
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EL RELOJERO

martes, 5 de octubre de 2010
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El relojero templó el pulso, una vez más sus dedos dirigieron las agujas del reloj a los lugares precisos, señalando un tiempo incierto que marcaba impasible los segundos del minutero. Vaciló, carraspeó su voz en el intento de querer esbozar alguna palabra, se estiró el pelo con las manos y colocó minuciosamente sus lentes de cerca para admirar una vez más la magia de la incesable máquina ,proyectando en ella su deseo por controlarla, hasta que recae en que él es un relojero ciego.

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EL CAMINO

martes, 28 de septiembre de 2010
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Perdió el miedo a volar, extendió firme sus alas y en un atisbo de seguridad se desplegó y surcó los cielos, sobre la gran ciudad. Cerró los ojos, sintió el viento golpearle el plumaje y abrió el pico para dejars
e llevar, ahora que lo que de verdad le asustaba era la obligación de tener que elegir un camino, que sabía, que le llevaría a abandonar otros.
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(Cap. XII) EL HOMBRE DEL BANCO: EL BESO.

martes, 21 de septiembre de 2010
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Fuera en el jardín el otoño se ha colado en silencio, bajo un murmullo, casi sin hacer ruido, atendiendo sólo a los tonos anaranjados y al repiqueteo del agua en los bancos que pueblan sus rincones. Acomodado en uno de ellos, el hombre del banco juguetea con el parche de su ojo, que luce orgulloso y le hace levantar si cabe más su prominente y desairada barbilla. Observa con su único ojo al personal que deambula frente a él y adopta entonces un semblante interesante, elevando los labios como para besar, con los brazos en jarras, se relame la boca, mientras suelta una risotada al compás eufórico de un “ron, ron, ron, la botella de ron” que comienza a entonar desaforadamente...el personal a su paso lo mira con cara de pocos amigos, pero a él le da igual, le divierte, su nueva condición de pirata le parece extremadamente excitante y mientras se regocija en ella, se sitúa a tan sólo dos metros de él esa mujer que va de la mano de otro y que él tanto desea. Momento en el que el hombre del banco comienza a espetarle un guiño de su único ojo, pero se enfada al comprobar que al cierre de su párpado todo es negro y no atina a averiguar si ella le muestra sus favores...así que ofuscado en el intento opta por lanzarle minúsculos besos a la par que abre y cierra rápidamente el parche de su desaparecido ojo, como en un ritual de apareamiento insectívoro...cual es su sorpresa cuando como muestra de su devoción la doctora se dirige hacia él, se inclina, le sujeta la cabeza con firmeza y comienza a inspeccionarlo...
El hombre del banco se abandona a todas las suertes en sus cálidos brazos, deja caer su párpado, ciega su mirada y alarga sus labios para besarla, paralizándose al tiempo en el que otros labios lo reciben generosos y humedecen los suyos, se cuelan entre su lengua, lo saborean y se fusionan en el goce de sus encantos, mientras languidece de placer...lentamente vuelve a recuperar la compostura, respira hondo, agudiza los sentidos de la vista, enfoca la mirada, mientras comprueba que los cabellos rojizos se han tornado rubios y escasos, a veinte centímetros de su cara un hombre de mediana edad y complexión gruesa le acaricia los pómulos dedicándole todo tipo de agasajos...
Petrificado, impactado, omitiéndose entre la espesura del jardín, como un fantasma sin limbo, el hombre del banco siente pánico, enmudece, al tiempo que la joven doctora pronuncia las palabras:

-Le presento a su redentor, el señor marqués.

El hombre del banco, comienza a gritar y a correr como perseguido por el diablo y desparece entre el sendero que delimita el estanque.



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EL RICKSHAW SIN CONDUCTOR

martes, 14 de septiembre de 2010
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De los curiosos regalos que fui recibiendo en mi cumpleaños, hay uno que aún hoy no he podido utilizar...


Bajo la inmensa muralla china mis ojos se orientalizan y recorren palmo a palmo la piedra milenaria, el paisaje del mundo aparte se percibe tras las brumas, las montañas y los ríos. Tomaré el rickshaw en el Soho, donde a cualquier hora del día, hay seguro, un maremágnum de gente, de comida ambulante y de patos laqueados tras los escaparates de los hombres amarillos. Me abriré paso entre la multitud asiática, en busca de la pieza que necesito, entreteniéndome en el mercado flotante...tal vez detrás de los puestos de comida...en un punto tranquilo del atardecer de verano donde sólo habitan aves y deidades, tal vez allí bajo el imperio que resiste...

Continuo mi camino, desde Baotou hasta Harbin, cruzando la ciudad prohibida...tal vez aquí, miro a uno y a otro lado, por todas partes, cerámicas, jade, seda, debajo del pincel alguien susurra, no logro entender ni una sola palabra ni hablada, ni escrita...sigo buscando a ese caballo humano antes de que se prohíba y desaparezca para siempre, antes de que el sol deje de residir en un árbol. Tal vez sean más de 55 días en Pekín...


Agotada por la búsqueda, exhausta hasta el extremo, sedienta, hambrienta...me siento bajo la sombra del panteón de Tian, junto a mi carro chino sin conductor, a la espera de que él me encuentre a mi.


(dedicado a su reverendo inventor)

Arwen


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LA PRISIONERA

martes, 7 de septiembre de 2010
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LA PRISIONERA



Los rayos del sol ciegan una vez más su conciencia, pequeña, insignificante, distraída...volverá a abrirse tantas veces como sea capaz de cerrarse, se doblegará, perderá sus formas y ante la mirada atónita de su variado público, como un vulgar insecto revoloteará por última vez antes de permanecer para siempre en el interior de la red.


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PAISAJE MUDO

martes, 31 de agosto de 2010
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PAISAJE MUDO


Bajo las ramas de la frondosa higuera que hace sombra a la entrada del huerto, el tío Manuel se deja cubrir por el atardecer, mientras acaricia la cabeza del viejo perro, como si quisiera traspasarle con los dedos las manchas que lo adornan en un jugueteo en blanco y negro bajo el pelaje mediano, el braco no se mueve, se deja trastear por la mano oportuna y movediza que conoce bien. No tienen que decir nada, ni una palabra, ni un ladrido, ni un sonido que perturbe esa quietud, para percibir la paz colgada en el viento. Una brisa tenue se cuela entre los álamos del río, los chopos platean a su paso rindiendo tributo con su belleza y como gatos en celo maúllan su susurro acompasando a las aguas incesables, bañando sin pausa las rocas milenarias, lavando sus conciencias.

Los dos se miran, no se dicen nada, nada que pueda balbucearse o que pueda ser inventado o escrito, se observan fijamente, hasta el punto de improvisar imaginariamente sus propios términos, como si los seres vivos, los objetos, las plantas pudieran responderles el mismo lenguaje inmutable, desafiando las leyes de las Reales Academias lingüísticas, por encima de cualquier forma o fonema. Dos viejos amigos que no entienden más que de recuerdos impronuncialbes, el perro mueve la cola entusiasmado, levanta sus cansados ojos bajo las descolgadas cataratas que lo hacen parecer doliente y lame el rostro de su dueño.
Tras la higuera, el paredón de piedra delimita los bancales de almendros y cerezos, el tío Manuel se duerme para siempre sobre el paisaje con muro que baña la tarde,
Avispado deja caer su cabeza sobre su regazo compartiendo el mismo sueño por si algún día despertara.


A dos metros, el agua cristalina serpentea el arroyo siguiendo el curso imparable de su propia existencia.


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El hombre del banco: Vacaciones.

martes, 27 de julio de 2010
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Recordó que estaba vivo, sintió la bravura de su carne crujir bajo la piel de oso que lo contenía, abrió los ojos de par en par, como persianas desorbitadas girando hacia todas partes y sintió que un instinto feroz por seguir vivo le recorría el cuerpo de horizonte a horizonte y esto, le resultaba exultante, lo excitaba, lo obligaba a escuchar a su diminuto corazón bombear la sangre como si le fuera a estallar en un palpitar rítmico que casi lo cegaba y aún así, se negaba a morir, la anestesia le fue emborrachando las venas lentamente hasta sucumbir a un mundo empírico sin contemplaciones y allí, tan libre como cualquier otro dejó de sentir el peso de su cuerpo bajo los pies y se marchó caminando por un etéreo sendero de oídos sordos, tan cercanos a la conciencia que casi parecían la misma cosa, giró sobre el colchón pespunteado y descubrió entonces que no estaba ni vivo, ni muerto, ni dormido, ni despierto, entonces, ¿cuál era ese estado en el que se encontraba? que le transmitía tanta paz, tanto sosiego y contra el que no podía luchar...

El foco hilarante del quirófano le escupió de golpe la realidad, una para la que tal vez nadie estaba preparado, desnudo bajo la luna artificial que le aportaba calidez una sonda y un gotero le proporcionaban el bienestar necesario para seguir latente en su existencia.

- Ha sido un milagro, cuchicheaba una enfermera al cirujano de guardia.
- Dudo que los milagros existan señorita, sólo tengo la certeza del tiempo y éste o corre a nuestro favor o en nuestra contra, en el caso de este hombre le ha sido favorable.

Observándolos a un metro, el hombre del banco extiende sus manos aún faltas de habilidad y destreza y alcanza a palpar sus extremidades todavía dormidas sobre la camilla, comprueba palmo a palmo que todo su ser sigue allí, alarga ahora las manos hasta alcanzar su cara, roza sus labios, la nariz, los pómulos, las orejas, la barbilla, las cejas, hasta comprobar la inexistencia de un pequeño detalle, tal vez no tan pequeño, la venda y el surco le responden la falta de su ojo izquierdo, trata de llorar pero no puede, se lo impide la sedación.

La misma enfermera de cabellos lacios, se inclina hacia él, le acaricia las manos suavamente y le susurra en voz baja que ha tenido mucha suerte, que el accidente de tráfico se ha cobrado sólo su ojo, pero que milagrosamente seguirá viviendo, que no se preocupe por nada, porque los gastos de hospitalización corren a cargo de él, al igual que la indemnización millonaria y que de momento sólo se preocupe por disfrutar de unas vacaciones con todas las atenciones que precise, pida todo lo que quiera, por orden expresa del marqués.

El hombre del banco fija su mirada derecha en la pared de la estancia, un poco más allá, una ventana anuncia un jardín, en él se puede observar un estanque, la quietud de la mañana sólo es acompañada por los brillantes rayos del sol, un grupo de hombres y mujeres se reunen alrededor de él, reconoce la silueta de la pelirroja a la que un día acompañó en torno a una mesa comunitaria y que viste una bata blanca en la que se puede leer "Instituto de Microcirugía Ocular"....satisfecho de que al azar lo alimentara y lo cuidara, se contagia de un entusiasmo eufórico al comprobar como ha cambiado su situación personal y está dispuesto a abandonar la soledad para compartir sus inesperadas vacaciones con esa mujer que va de la mano de otro, camino de Oculoris.

.........................................................................................................................................

Y tras este relato, Sólo una Calada más, se marcha de vacaciones y se despide de todos vosotros hasta Septiembre deseándoos un feliz verano.

Saludos estivales.

Arwen
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ILUSIONES

martes, 20 de julio de 2010
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ILUSIONES

Y en medio de la gran expectación el conejo blanco saca de su chistera un enorme mago mientras la congregación al completo se pone de pie, eufórica, para ovacionarlo con sus aplausos.

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SÓLO UNA CALADA MÁS: VUELA LIBRE.

martes, 13 de julio de 2010
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VUELA LIBRE

Camina entre las corrientes, veloz, impía, impasible, sin miedo, con la seguridad y la fuerza del que no toma partida hasta mancharse y allí arriba, se deja acariciar por el aire, vuelta alto, abre caminos y se abandona a los abrazos generosos, mientras escribe con brillos dorados, la historia en papel cuoché y tatua sus pasos firmes en las memorias caducas de las gentes, para por primera vez en el tiempo sobrevivir a la política, a las guerras, a los enfrentamientos y trepar, subir alto, volar... y en lo alto del mástil lucir sin pudor su piel rojigualada y proclamar a los cuatro vientos que todos juntos PODEMOS.

(11.07.10 España se proclama campeona del mundo)
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INTERIORES

martes, 6 de julio de 2010
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Volvería a hacerlo, sin dudarlo un segundo hundiría en su abdomen una y otra vez el filo del cuchillo para despiezar la carne...entraría en ella para morir en su interior saboreando ese último éxtasis, el fino aliento que dejaron sus labios escapar, el balbuceo de su voz pronunciando mi nombre, la sangre corriendo a borbotones entre mis dedos, surcando las huellas de mis manos, alimentando mi piel, para conocer sólo yo los recónditos escondites de tu cuerpo...

El cirujano estético más prestigioso de la ciudad, acaricia impasible una escultura femenina mientras la voz monótona de la enfermera anuncia el paso a su consulta de la siguiente...
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EL HOMBRE DEL BANCO: Fascinación.

martes, 29 de junio de 2010
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Los rayos comenzaron a hacerse más persistentes, más atacantes, casi inhumanos, acalorando una fina piel traslúcida desde el invierno. Bajo una gorra que no conoce El hombre del Banco amanece rodeado de cuerpos semidesnudos, tendidos en la cálida arena de una playa bañada por aguas cristalinas, con miedo todavía desliza su mano por la visera y deja al descubierto su ojo derecho desde donde contempla un paisaje humanizador a la par que bullicioso donde unos críos juegan a levantar un enorme castillo de arena, que se esfuma bajo las olas a la enorme sacudida de una de ellas, y bajo la espuma el más pequeño llora su fatalidad y arroja sobre la jubilada del sombrero de flores que yace inerte sobre una pequeña duna, unas cuantas palas de arena con premeditación y alevosía y como recién salida del Jurásico, la señora del sombrero de flores le lanza un alarido tan brutal que el niño encierra su cabeza bajo el cubo de llenar agua y tras ello se vuelve a tender sobre la arena haciendo un surco mayor al que dejó antes de incorporarse para vocear. Medio metro después dos jovenes extienden kilómetros de crema solar por sus espaldas, dibujando nombres y palabras que no pueden ser pronunciadas. Todavía sin comprender que hace allí y como ha llegado, El hombre del banco gira la gorra hacia la parte izquierda de su rostro, destapando esta vez el globo zurdo y una sonrisa de oreja a oreja asoma a su cara cuando descubre aquel seno desnudo sentado junto a él, alineado perfectamente a tan sólo veinticinco centímetros de su mano, tanto es así que al primer movimiento de aquel sinuoso busto, su mano comienza a tomar vida propia, batiendo los dedos en un acorde rítmico desde el meñique al pulgar a modo de escalera como si golpeara suavemente un teclado invisible en un alzamiento que no puede controlar. La oquedad del regazo cercano lo llama a su refugio como a un animal recién parido, sediento y hambriento por lactar y sin pensarselo dos veces El hombre del banco se despoja de su gorra protectora, hace una reverencia doble a aquellos turgentes pechos y se agarra a ellos como al mástil de su propia vida imperándoles todo tipo de agasajos, homenajes y besos, sometiéndolos a su desasosiego hormonal. Pero antes de que la propietaria de aquella caja torácica pudiera balbucear palabra, su asombrado acompañante le propina al Hombre del Banco una somanta monumental a ritmo de pala empuñada por la mujer del sombrero de flores y queda completamente embadurnado por la arena de un pozal que no ha visto llegar.

Sin otro horizonte que aquellos senos prominentes, El hombre del banco se despide fugazmente de la multitud que lo acosa con destino a un recodo mejor y más hospitalario dentro de aquella playa, mientras piensa en lo ciega que está la gente y cada día más y en el favor que le hará al mundo, el día en el que consiga crear Oculoris.

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EL CASO

martes, 22 de junio de 2010
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Cerró la puerta, a esas alturas ya nadie lo iba a echar de menos...o quizás si. Lo sabrían días más tarde cuando encontraran su cuerpo sin vida colgando entre los restos de desperdicios. El informe pericial daría por concluido el caso. El inspector más joven construiría un buen puzzle con todas las piezas, hasta encajar la última y deliberar que había sido un homicidio en primer grado. Las magulladuras de su piel, el olor a descomposición, y la podredumbre en aquella bolsa de basura ahora descubierta, darían por zanjado el misterio.

- Guillermo -grita la madre desde la cocina- ¡ya has vuelto a rebuscar entre la basura!.

- Pero mamá...cuántas veces tengo que decirte que no soy Guillermo, que soy el inspector Gonzalez...

Sobre el alicatado de la cocina, una cascara de plátano es examinada minuciosamente, a través de una lupa, por el ojo incansable de un niño de ocho años, tras la exploración, mira fijamente a su madre y procede al veredicto:

- Culpable. ¡Tú eres la asesina!.
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PALABRAS QUE NO PUEDO PRONUNCIAR

viernes, 18 de junio de 2010
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(Este relato resultó finalista en un certamen oficial de narrativa breve 2009, contra la violencia de género y fue editado en un libro que recogía las obras ganadoras y finalistas con el ánimo de combatir esta lacra social).






PALABRAS QUE NO PUEDO PRONUNCIAR.


Pido la paz y la palabra”

Blas de Otero.



A MI QUERIDO PETER PAN:

Ahora se que puedo contarte esto. No espero con ello que lo entiendas, pero se que al menos me escucharas, que te tomaras la molestia de leer estas letras antes de romper el papel el mil pedazos y de volver a olvidarme. Tienes veinte años, aunque te refugias en tu cuerpo hiperdelgado y en tus sueños de niño, para no tener que crecer. A veces he visto brotar al hombre que hay en ti, pero todavía Peter puede contigo Marcos. Se que la culpa ha sido mía, por que te sobreprotegí en exceso, por que cuidándote de mi mal me olvidé de mi para que tú pudieras salvarte, pero no me lo perdonas. No ha sido fácil, no al menos para mi. Déjame que te explique lo que ocurrió aquella noche...


El día amaneció cálido, en un otoño que ni fu ni fa pero que había venido cargado de lluvias antes de lo previsto. Remolinos de polvo lo inundaban todo, papeles, hojas marchitas y barro se mezclaban entre si junto a los charcos formando pequeños lagos de basura frente al patio de la pequeña consulta que Julia dirigía con la ayuda de su socio Enrique, amigo de la facultad y psicólogo como ella. Dos despachos pequeños, lo justo para el diván del paciente y la mesa y la silla y una pequeña salita que conservaban para poder charlar en horas de descanso, cuando no tenían visitas. Con su máquina de café y una mini nevera para cervezas y refrescos. Eran buenos amigos y la psicología les llevó a montar aquel gabinete en un pequeño piso de la calle Dr. Moliner, junto a una buena zona de nuevas viviendas, jardines, calles amplias, mucha luz y una numerosa agenda de pacientes a los que atender, por lo que en otras palabras, el negocio a parte de producirles mucha satisfacción les iba de maravilla. Julia se dedicaba a la psicología del desarrollo y educativa, enfocada a la infancia, mientras que Enrique dirigía el proyecto de Psicología cognoscitiva y social. Rozando la cuarentena, ambos se encontraban en un buen momento profesional y personal.
Aquella mañana, Enrique llegó el primero, haciendo gala de su puntualidad y comenzó a ordenar sus libros, sus notas y pidió a Marga, su secretaría, que fuera haciendo pasar, por orden riguroso a sus pacientes. Julia se retrasó, como ya era costumbre en los últimos meses. Siempre tenía una excusa, un pretexto para callar las continuas preguntas de su amigo.

Ella estaba asomada al balcón, rodeada por la madrugada de un cielo austero y espeso. Poco antes había cesado de llover con fuerza y la humedad del ambiente aliviaba su mentón, aún ardiente, de la embestida que poco antes había recibido, de la mano de su marido. Recordó su infancia, sin saber por que un grupo de colegialas uniformadas le asaltó la mente, todas aparentemente iguales y al tiempo tan distintas. Se fijó por encima de todas, en aquella de las dos coletas y el flequillo moreno que no cesaba de reír y de brincar y que le hacía muecas desafiantes al niño más déspota de la clase. Se le llenaban las mejillas de carcajadas histéricas y devoraba el mundo sólo con pisar la tierra. Ahora no se reconocía, descolgada en la barandilla, intentaba encontrar algún pensamiento que la hiciera sentirse mejor. Encontrar una justificación convincente a lo que acababa de suceder. Restarle importancia. O en su defecto, hacer como que nada había pasado. Era su manera de sobrevivir y de combatir su dolor. Siempre guardaba un montón de buenos recuerdos e ideas positivas para sacar de la chistera cuando la cosa se ponía fea y así extirpar su sufrimiento. Existencialismo, pensaba, sólo es pura filosofía del sufrimiento. Había repasado cientos de veces en su memoria las citas de Heidegger, Jaspers o Sartre buscando respuestas a sus análisis, pero si la relación hombre-mundo existía y el hombre era lo suficientemente libre como para decidir y responder por sus actos, ¿quién era libre en ese momento?, ¿su marido Carlos por haberle propinado aquella bofetada? ¿o ella para decidir romper con su relación?. Era fácil recetar soluciones a un paciente, a un extraño por que el que nada se siente, pero ¿qué ocurre cuando el dolor, cuando el sufrimiento te invade a ti mismo?.
La madrugada era clara y el cielo seguía manteniendo alguna estrella. Se sentía observada por ellas y sabía que se daban cuenta, por que ya conocían que las cosas no eran así. Que erróneamente se estaba intentando convencer de algo que realmente no creía. A ellas, a las estrellas, compañeras fieles de tantas y tantas reflexiones, no las podía engañar. Se tragaba su angustia, su humillación y su tristeza. Por alguien que extrañamente ejercía un tremendo poder sobre ella, la aniquilaba, la anulaba, la hundía y no la dejaba avanzar.Aunque ahora se encontraba paralizada por la angustia, seguía siendo una mujer muy bella, de estatura media pero bien proporcionada, de formas redondeadas, la piel clara y suave y el pelo rubio y los ojos verdes que había heredado Marcos.
El sonido del despertador la sacó de su mundo contemplativo y antes de que su marido se levantara. Se dispuso a hacer café.
-Buenos días Carlos.
-¿Qué quieres?, ¿es qué no tuvimos bastante jaleo ya anoche?, ¿o es qué tienes ganas de más?.
- Carlos, Carlos, Carlos…no se ni como te acuerdas de mi nombre, tienes tantos a los que nombrar que no se como te atreves a pronunciar el mío. ¿Crees que no se que te acuestas con tu amigo Enrique?.

- Estás sacando las cosas de quicio. Enrique y yo somos colegas de profesión y somos amigos. Nada más.

-Te entiendes con todos. Lo sé. Con tus pacientes, con ese amigo tuyo, con el dentista, que me da hasta vergüenza cuando voy a su consulta.
En un ataque de ira y sin darle la menor oportunidad, la golpeó duramente contra el suelo una y otra vez. Julia no se levantó esta vez, no podía. Se alegró únicamente de que Marcos, su hijo, no estuviera allí contemplando la escena. No se atrevió a balbucear por miedo a las represalias de su esposo. Su vida pasó velozmente frente a ella, por primera vez consideró el maltrato, ese del que tanto se habla. Siempre había pensado que aquello ocurría más bien entre las capas más bajas de la sociedad y al fin y al cabo ella era licenciada y su marido un flamante abogado de familia “bien” al que las cosas, profesionalmente hablando, no le podían ir mejor. Nunca les había faltado de nada. Tenían sus respectivos coches, su apartamento en la playa, una escapada mínima de una vez al año a algún país exótico y eso sin mencionar el bufete de Carlos. Hasta ahora siempre había pensado que su relación sólo precisaba un pequeño ajuste de pareja pero la evidencia del dolor en su cuerpo había hecho saltar por los aires los naipes de un castillo construido con una baraja.
Un portazo la trajo de vuelta a la realidad, era Carlos que acababa de salir maldiciendo.

-Si no estás a las 7 aquí ocupándote de tus cosas y esperándome para cenar, te mataré. ¿Me has oído Julia?.Como pudo se incorporó, se dirigió al baño vomitando y allí temblando se agarró al grifo de la ducha como al mástil de su propia vida, arañándose una y otra vez como para tratar de arrancarse la piel. Se secó palmo a palmo sin reconocerse en el espejo. Esa de allí, la del otro lado, no era ella. No podía ser la Julia que ella conocía, la que luchaba por conseguir sus metas. La idealista que perseguía sueños, que creía en la libertad y en la igualdad. Le dolía más la angustia contenida que las magulladuras y el resto de la paliza.Tomó un Tranquimazin y consiguió recuperar la respiración y relajar el pulso.
Por lo demás el azar se encargó de resolver algunos de sus principales problemas.

- Buenos días Margarita. Cancela todas mis citas para hoy. Diles que estoy enferma y que no he podido venir a trabajar y dile a Enrique que venga inmediatamente a mi despacho. Es urgente. Gracias.

Lo primero que hizo fue tirar a la papelera la foto de sobremesa de Carlos, que decoraba su mesa y lo siguiente buscar en el cajón unas llaves, mientras lo hacía Enrique entró alarmado.

- ¿Qué ocurre Julia?. ¡Dios mío!, ¿qué te ha pasado?. –exclamaba mientras examinaba el moratón abultado en la cara de su amiga-¿Ha sido él verdad?...balbuceó Enrique, ¡tu marido!.

- -Siéntate. ¡No puedo más! – Julia comenzó a sollozar y se tapaba la cara con las manos - Sí Enrique. Ha sido Carlos. Anoche me pegó, siempre lo hace cuando no está Marcos.

-¿Siempre? – repuso el psicólogo. ¿Desde cuándo te está ocurriendo esto?.

- ¿Pegarme?....balbuceo Julia…desde hace un año más o menos. Como sabes, llevamos veinte años casados. No podía imaginar que las cosas fueran a acabar así. Cuando lo conocí era un hombre cariñoso, bueno con nuestro entorno, educado, cortés. Pero al año aproximadamente de casarnos comenzó a obsesionarse con la idea de que salía con otros hombres…los celos lo poseían…comenzamos a tener discusiones, que con el paso del tiempo se hicieron mayores, en las que él siempre buscaba tener la razón e intentaba convencerme de que yo lo hacia todo mal y que era la culpable de todo nos fuera mal como pareja. Luego la emprendió con Marcos. Que si yo sólo tenía ojos para él…y le tomó celos también. Las discusiones se sucedieron. Empezó a acusarme de mala madre y de mala esposa. De que nunca estaba en casa, como me correspondía, que a saber de quien era mi hijo…¿qué tal vez él no era su padre?...
Julia se calmó un poco y miró fijamente a los ojos de su compañero
- Nunca te había contado nada Julio, por que sentía vergüenza, vergüenza como mujer y como psicóloga de no poder controlar la situación, de no poder arreglar las cosas con mi pareja. Pensaba que con el tiempo podríamos superarlo. Y aguanté un día y otro, tratando de comprenderlo de callar para evitar las discusiones cada vez más continuas, mientras Marcos se iba haciendo mayor. Después la vergüenza que sentía se convirtió en miedo, en temor a sus broncas, a hacerlo estallar. No busqué ayuda. ¿Qué pensarían mis compañeros de profesión?. ¡Que equivocada estaba!. Durante más de quince años fueron continuas peleas verbales. Dolorosas pero nada físico. Veía como él se iba apartando de mí emocionalmente. Como si me fuera odiando cada día un poco más. De tanto en cuanto me daba una tregua y entonces se convertía en el hombre más bueno de la tierra…-Julia suspiró y bajó la mirada al suelo- me llevaba el desayuno a la cama. Me traía flores. Me llevaba un fin de semana de viaje sorpresa. Pero eso no duraba mucho. Cuando más confiada estaba volvía a las peleas y mucho peor…me insultaba, me descalificaba, me hacia sentir lo peor…lo físico empezó hace un año más o menos…Un día Marcos llegó tarde a casa y tuvimos una disputa por un castigo que le puso y con el que yo no estuve conforme. Mi hijo se marchó enfadado a casa de mi hermana y entonces ocurrió. Me abofeteó sin más y luego se relajó. Unos días más tarde me pidió perdón. Pensé que jamás volvería a pasar…que Enrique había perdido los papeles, andaba muy liado con un caso del bufete y seguramente la tensión le había jugado una mala pasada. Lo disculpé pensando que era algo que nos podía pasar a todos. Pero no fue así. Estas Navidades me agredió por segunda vez. Le regalé algo que le disgustó. Una pluma Montblancpara su despacho, fue una tontería pero empezó a decirme que después de tantos años juntos yo ya debería saber lo que le gustaba y lo que no, empezó a subirse de tono a volver con los celos y a gritar como un animal – Julia a duras penas lograba hacer entender sus palabras, tragó saliva para proseguir- … estábamos en la cocina y me empujó con todas sus fuerzas, caí contra el horno… fue el día que te dije que había tenido un accidente esquiando. ¿Lo recuerdas?. -Julia prosiguió secándose las lagrimas- Ahora lo veo claro, rechazo del contacto físico conmigo e introspección. No habrá vuelta atrás y me ha costado verlo en mi propia piel y no en la de alguna paciente. – se aclaraba la voz para intentar mantener el tono firme y no contagiar su tristeza a Enrique- Esta es la última vez y no lo pienso volver a permitir. No puedo engañarme más, tengo que tomar una decisión definitiva, hasta un alumno en prácticas me lo aconsejaría. Voy a llamar a Helena, la abogada que sueles recomendar a tus pacientes, para concertar una entrevista. Ella me aconsejará y me guiará en los trámites de la separación.- tragó saliva y sacó un pequeño neceser de su bolso y se retocó suavemente en el maquillaje, mientras se relajaba contemplándose en el pequeño espejo.

- Cuenta conmigo para lo que necesites., Julio la rodeó con el brazo por los hombros y la llevó hasta el corredor, donde tomaron una cerveza.

- Lo tengo todo pensado Enrique. El piso de mis padres está vacío, Carlos piensa que lo tengo alquilado y no me buscará allí. En cuanto arregle las cosas con Helena me traslado, pero eso sí, necesito que alguien saque mis cosas más urgentes de la casa, hablaré con mi hijo Marcos.

- Ten cuidado Julia y sobre todo no le cuentes a Marcos a donde te trasladas. Pero es fundamental que presentes una denuncia. Yo te acompañaré a comisaría.

- Descuida. Alegó Julia con tono despistado y agotado.

Fueron momentos de gran intensidad, llamar a sus padres para comunicarles la noticia, hablar con sus hermanos y apartar el dinero necesario para los trámites y los honorarios del procurador. Carlos era abogado y si algo sabía cierto de él, es que no se iba a rendir. Pero contaba con su alojamiento secreto.
Por consejo de Enrique y como a otras pacientes había sugerido, decidió cambiar la cerradura de su nueva casa y con todo listo quedó en la hamburguesería de la Plaza de Castilla con su hijo Marcos a las 5 de la tarde. Aún eran las 3 y tenía tiempo para descansar un poco, con tanta agitación los sentimientos se habían aplacado mínimamente y el sabor a cierta libertad había superado al temor de la mañana.
Enrique salió de su consulta preocupado y entró en la de ella.

- He terminado mis visitas por hoy Julia. Vamos a comisaria.
- No Enrique, ahora no. Iré sin falta mañana. He quedado con mi hijo a las 5 y es muy importante que hable con él.

Julia fue una madre joven, con tan sólo veinte años, en su época de estudiante universitaria, fue al poco de conocer a Carlos, se quedó embarazada y el temor a perderlo todo y la persuasión de éste, la llevaron a un rápido matrimonio y a una vida aparentemente de bienestar. Recordaba la primera vez que tuvo a Marcos entre sus brazos, sus primeros gateos. De repente pensó que tal vez nunca había amado a Carlos, que sólo se dejó llevar por la falta de previsión, por una situación que la superaba. Recordó a Enrique apoyándola en aquel sprint final de exámenes en el que la barriga le ganaba pulso a la carrera y pensó si tal vez hubiera sido más feliz con él. Aunque veinte años después las cosas se habían hecho más que evidentes. Tan cansada estaba que se durmió y por primera vez en mucho tiempo descansó tranquila y sin miedo.

Marga la despertó de su letargo a las cinco menos cuarto.
- Julia, tiene usted una cita con su hijo a las cinco, ¿lo recuerda?.
- Gracias Margarita. ¡No se que haría yo sin ti!. Me marcho.

Condujo apresuradamente por la avenida del mar que llevaba a aquella hamburguesería donde Marcos la esperaba. Trataba de encontrar las palabras justas, exactas para explicarle lo que había pasado e intentar hacerle sufrir lo menos posible. Siempre había sido su pequeño y ahora con veinte ya cumplidos, lo seguía siendo. Era un pequeño Peter Pan que se resignaba a crecer y a hacerle frente al mundo, por que, y ella lo sabía, lo había protegido sobremanera. De su padre, del mundo real y hasta de ella misma.
Llegó al restaurante y justo al entrar, en la mesa más cercana a la barra se encontraba Marcos. Era un joven alto y delgado. Bastante aniñado para su edad, pero guapo como ella y como su padre. Tenía buenas formas y siempre escuchaba dejando hablar a su interlocutor. No sabía de la rebeldía más de lo que el mismo ojeaba en las revistas masculinas que solía leer.

- Hola Marcos, cariño.
- Hola Mamá, ¿Qué pasa?, ¿por qué hemos quedado aquí y no en casa?. ¿Es que habéis vuelto a discutir tú y papá?...


Marcos era el ojito derecho de su padre. Mimado hasta el extremo por su progenitor. Desde bien pequeño había sido el niño de sus ojos. Y en cuanto a lo material, había recibido el triple de lo que cualquier niño de su edad hubiera deseado. Ahora, era un veinteañero snob y malcriado.


-Marcos… Julia no sabía ni por donde empezar. Como de costumbre, trataría de omitirle lo de la paliza a su hijo para causarle menos dolor.- Verás- continuó. Sí. tu padre y yo hemos discutido. Siempre tiene en el pensamiento que yo le engaño con otros hombres, que me veo con Enrique, con pacientes, en fin que los celos se apoderan de él y no ve otra cosa.



- Ya lo sé mamá, pero eso es mentira. Yo hablaré con él para que se de cuenta y que te perdone.


- Marcos. ¡Hemos tenido una discusión muy fuerte y me voy a trasladar!


- ¿A dónde?, preguntó el pequeño Peter.


- A casa de los abuelos, la que dejaron vacía en la calle Rialto, pero a ti ni se te ocurra decirle nada a tu padre por lo que más quieras.


- Mamá, mi padre no es ningún monstruo, dices eso como si quisiera matarte. Mi padre te quiere y si no le decimos a donde vas a irte no podréis reconciliaros.


- Marcos. Dentro de unos días hablaré con tu padre y se le explicaré todo, tú entre tanto por favor, júramelo, por favor no le digas nada. Te he contado todo esto para que me ayudes a sacar de casa las cosas importantes que tengo allí. El ordenador, mi agenda, mi ropa. ¿Estás de acuerdo?.

- Tranquila mamá, no le diré nada.

- Gracias Marcos y toma una copia de la llave para que puedas llevarme todas las cosas que te he apuntado en esta lista. Julia extendió un brazo delicado, con la piel blanca y suave como el resto de su cuerpo y el muchacho la aceptó.

El hijo la escuchaba atento y silencioso, con esa mirada verde que había heredado de ella, al igual que su piel clara y fina y su cabello rubio que lo hacía todavía más llamativo. Atendía sin asentir ni dar la más mínima muestra de haber sido testigo de otras aberraciones de su padre y después de planear la forma de sacar las cosas de la casa, terminaron de merendar.

Media hora más tarde Julia partió hacia la casa de sus padres en la calle Rialto, con sus nuevas llaves y con la tranquilidad de que la cerradura estaba cambiada.

Cuando Marcos llegó a casa de sus progenitores, encontró a su padre colérico y maldiciendo que Julia no estuviera allí.

Cuando Marcos llegó a casa de sus progenitores, encontró a su padre encendido de celos y maldiciendo que Julia no estuviera en casa.

- ¡Creo que su amante es Enrique!, su compañero. ¡Aunque como tiene tantos es difícil saberlo!. ¡Por eso nos ha abandonado para irse con él!.

En el fondo Carlos sentía verdaderos celos de Enrique, por la pasión profesional que compartía con su mujer y por que él mismo siempre lo había encontrado atractivo, un rival duro de roer, joven, alto, de rostro casi femenino, con las facciones perfectas, la tez morena y unos gigantescos ojos azules que odió desde la primera vez, en que clavó los suyos en él. Marcos salió en defensa de su madre.

- Papá estás exagerando. Mamá no tiene ningún amante. De hecho se que te quiere. Sólo se ha ido al piso de los abuelos, en la calle Rialto por que está enfadada. Pero tranquilo, en unos días me ha dicho que hablará contigo y todo volverá a ser como antes. Tenéis que discutir menos y arreglaros de una vez.

- Sí – respondió su padre-, han sido cosas de pareja, tranquilo hijo por que yo ya la he perdonado.

Por un instante las cosas parecieron calmadas, lo cotidiano retomó su rumbo y cada cual volvió a sus tareas habituales. Marcos marchó a su estudio frente al ordenador. Carlos encendió la televisión sin muchas ganas y comenzó a seguir el partido del Valencia-Madrid, que en ese momento se retransmitía. La casa casi adoptaba ya ese tono calmo que solía respirarse después de la tempestad, salvo por la ausencia de Julia.
El móvil de Marcos sonó un par de veces, Carlos prestó voraz atención pero no pudo vislumbrar nada, al cabo de un rato salió el muchacho.

- Me marcho un rato papá, me ha llamado Pedro- Pedro era un buen amigo de Marcos y en ese momento el chico sintió la necesidad de poder estar entre aliados, desahogándose y suavizando los ánimos. Luego cogeré las cosas para mi madre –pensó- me da tiempo a quedar con Pedro y volver a tiempo, me irá bien salir un poco y ver el partido con él.

- Tranquilo Marcos, no te preocupes, sal y diviértete, te espero para cenar.

Conforme se hubo marchado el chico, y después de espiar un rato por la mirilla de la puerta para asegurarse de que Marcos ya no estaba. Carlos salió disparado hacia la habitación del chaval. Cogió su cazadora, que estaba sobre la cama, hurgó en sus bolsillos en los huecos de las cremalleras pero no encontró nada, repitiendo el gesto de desconfianza que siempre refrendaba con su mujer, buscando cosas que su hijo también podía ocultarle, por que él, él era un cero a la izquierda, una basura en aquella casa en la que nadie contaba con su opinión, nadie confiaba en él, por que sus monsergas no le servían a nadie, por que era un pesado y un hombre autoritario, un mal padre y un mal marido y él se tenía que buscar la vida para “descubrir” las cosas que todos le ocultaban. Abrió sus libros, los de las estanterías más altas que parecían entrecerrados, tampoco hubo suerte. Desmontó los cajones de la mesilla y de la mesa escritorio, revolvió en los armarios y decidió darse por vencido. Se dirigió malhumorado hacia la puerta de salida de la habitación, cuando distinguió de pronto la cartera de Marcos, estaba justo en una esquina de la mesa en la parte baja y por eso no había podido verla antes. Se abalanzó sobre ella. Con la fuerza brutal que lo cegaba y lo volvía loco tantas veces. Revisó entre los apuntes de estudiante de primer curso de medicina de su hijo, entre sus bolis, su Ipod, su portátil y amarrado en un pequeño rincón de uno de los bolsillos, desplegó un pequeño trozo de papel, que había sido doblado con tanta precisión, como la de quien él ya conocía, la letra se lo confirmó. Era una nota de Julia. – El portátil, mi agenda que está en el segundo cajón de la mesilla, la ropa interior en el tercer cajón de mi armario….y continuó leyendo hasta llegar al final de la misma. Buscó nuevamente en la cartera, al fondo en una esquina se hallaban las llaves de la casa de sus suegros, deshabitada hasta ese día. Un destello le iluminó la mirada, por primera vez en mucho tiempo, Carlos Urrutia se sintió vivo y lleno de esperanza, vital, un hombre nuevo. ¡Tengo que hablar con ella!, se dijo, ¡volverla a ver! y traerla conmigo, ¡este es su sitio!, ¡basta de niditos de amor y de aventuras!.

Condujo a gran velocidad por la avenida que separa los jardines de Viveros con el mismo cauce del río. Pisó a fondo el acelerador y se saltó varios semáforos en rojo, sin importarle cual fuera su destino, sólo una cosa le ocupaba la mente: Julia. ¡Y ya sabía donde estaba!, ¡con quien! ¡y por que lo había abandonado!. Sólo era cuestión de hacerle entender, a su manera, que tenía que volver a casa con él.

Julia estaba ordenando la casa de sus padres, abriendo ventanas y ventilando de polvo, aquella estancia que había permanecido cerrada durante tantos años. Le vino a la memoria el recuerdo de su hermano Juan correteando por entre las camas, mientras jugaban al escondite, un recuerdo lejano pero agradable, se sintió un poco más joven y más ligera. Marcos volvió a casa de su padre, enmudeció al entrar y no encontrarlo. Rápidamente se dirigió a su habitación en busca de las llaves, todo estaba revuelto, como si la Gestapo misma hubiera entrado a hacer una redada en su estrecho habitáculo. Abrió su cartera pero las llaves ya no estaban. Buscó con nerviosismo su móvil, llamó a su madre, pero el teléfono una vez más no respondió, siempre lo tenía apagado o fuera de cobertura, recordó entonces que una vez Julia le había dado el número de teléfono de Enrique, para urgencias ya que ella siempre andaba sin batería. Sonó una música, una que Marcos conocía por su madre, del mítico grupo Irlandés U2, siguió y siguió sonando, a Marcos se le salía el corazón por el pecho, le iba a estallar en mil pedazos…¡cógelo Marcos, cógelo!...pensó mientras sonaba With or witout you.

-Enrique, ¡escucha!. Estoy llamando a mi madre, pero no la localizo ¿está contigo?.

-No. Pensaba que estaba contigo. Me dijo que habíais quedado para merendar.

-Enrique,. ¡Mi padre ha cogido las llaves del piso de mis abuelos, que me había dado mi madre esta tarde para llevarle sus cosas y ahora mismo él no está en casa!. Y las llaves tampoco. Se que es buena persona, que no le hará nada pero si pudieras localizarla.

- Salgo para allá, es el piso de la calle Rialto, ¿cuál es el número del patio y de la puerta?.

Marcos colgó derrotado, pensó que él también debía de ir allí, que había sido culpa suya por haber quedado con su amigo Pedro y no llevarle las cosas y que ahora sus padres se enfadarían más y que ya jamás se reconciliarían.

-Entendido, le respondió el viejo taxista.

La tarde se le fue haciendo más y más espesa, parecía que no iba a llegar nunca. Cuando llegaron al portal y mientras pagaba la carrera, le alentó comprobar que el coche de Carlos no estaba aparcado a donde la mirada le alcanzaba.
A punto de llamar al timbre de la puerta 3, una vecina abría el portal cargada con varias bolsas de basura.Gracias señora tengo un poco de prisa. Dijo rápidamente mientras se abría paso en el portal. El ascensor marcaba el piso 9 por lo que decidió subir las escaleras de tres en tres y en un varias zancadas, no olvidadas de su época de futbolista amateur, se plantó en el primer piso de la finca. Llamó al timbre y al momento la puerta se abrió.

- Hola Enrique, le respondió Julia con sorpresa y dulzura. ¿Qué haces aquí?., pero pasa hombre, no te vayas a quedar ahí toda la tarde. ¿Es que ha pasado algo?.

- Julia, se acaloraba el hombre, ¿has denunciado a tu marido?.

- No. No he tenido tiempo. Iré mañana por la mañana, te juro que es lo primero que haré cuando me levante.

- ¡Vámonos!, ¡recoge lo que tengas que nos vamos!. Marcos me ha llamado, en un descuido suyo, Carlos ha cogido las llaves y no está en casa. El chico tiene miedo de que venga por aquí.

Julia se sintió desvanecer, no sabía si por su propio miedo o por el que empezaba ya a sentir su hijo. Anduvieron rápidos hasta la puerta y el sonido del cerrojo los echó para atrás. Carlos entró lleno de furia. Una furia que engordaba todavía más su robusto cuerpo, endurecido y fibroso con sus noventa y tres kilos y su 1,90 de estatura, con la fuerza del que hubo sido levantador de pesas durante más de diez años, todavía reservaba esa bravura con sus cuarenta y cinco años ya cumplidos.

- ¡Lo sabía!, ¡sabía que te veías con mi mujer!. Dijo en tono sarcástico, retando a Enrique. ¡Así que este era vuestro nidito de amor!. ¿Y tú qué?. Despotricaba mientras lanzaba su peor mirada de odio a Julia. ¿Qué tienes que decirme ahora?. ¿Qué me lo invento?...

Se abalanzó sobre Enrique con la embestida de un toro, ambos hombres forcejearon y Julia intentó separarlos sin éxito. Los tres cayeron al suelo y con la velocidad del fuego, Carlos sacó del bolsillo de su americana la pluma Montblanc mod.030, que Julia le había regalado, la destapó, regocijándose de placer mientras asestaba con ella un fuerte estacazo en la nuca de su mujer y removía la punta en su trapecio, excavando una y otra vez en el comienzo de su columna vertebral. El dolor se hizo insoportable para ella y la sangre comenzó a brotar como si acabara de escapar de un naufragio. En ese momento la puerta que había quedado entreabierta al paso de Carlos, se volvió a abrir de par en par.

- ¡Mamá!. Exclamó Marcos mientras miraba a su madre tendida en el suelo y con los ojos entrecerrados, que acababa de desvanecerse. - ¡No mamá!-. Y se acercó a separar a los dos hombres. Su padre se enfureció más al ver que intentaba detenerlo y de una fuerte sacudida lanzó a Enrique contra Marcos que cayó sobre una mesa de cristal que se desquebrajó en mil pedazos. La sangre salió de su cuerpo huyendo a borbotones. El cristal más puntiagudo le acababa de atravesar la yugular y en pocos minutos el pequeño Peter Pan moría desangrado.

Un periódico digital daba al día siguiente la noticia en portada: “Un hombre mata a un joven de veinte años y hiere de gravedad a la madre de éste, mientras su marido ha recibido diversas contusiones de consideración…el acusado Enrique Pérez ha pasado ha disposición judicial”…La investigación policial, confirmó tiempo después la muerte de Marcos Urrutia a manos del psicólogo. Sin embargo y aunque la defensa particular de los familiares de Julia y de Enrique acusaron a Carlos de la agresión que lesionó gravemente a su mujer, esta acusación concluyó con la absolución de los cargos por falta de pruebas concluyentes y sobre todo por que no existía una denuncia previa por maltrato La sentencia del juicio, declaró culpable del crimen del joven Marcos a Enrique Pérez, que pasa sus días cumpliendo condena en prisión acusado de asesinarlo. Y absolvió al flamante abogado. El cartel del bufete de abogados de Carlos Urrutia & socios, fue cambiado por uno de mayor calidad en el que se indica: D. Carlos Urrutia, abogado criminalista.

Por otro lado, Julia despertó en un hospital y debido a su grave estado de salud, los médicos aconsejaron a sus familiares, que por el momento, no le comunicaran el fallecimiento de su hijo.

Ahora se que puedo contarte esto. No espero con ello que lo entiendas, pero se que al menos me escucharas, que te tomaras la molestia de leer estas letras antes de romper el papel el mil pedazos y de volver a olvidarme. Tienes veinte años, aunque te refugias en tu cuerpo hiperdelgado y en tus sueños de niño, para no tener que crecer. A veces he visto brotar al hombre que hay en ti, pero todavía Peter puede contigo Marcos. Se que la culpa ha sido mía, por que te sobreprotegí en exceso, por que cuidándote de mi mal me olvidé de mi para que tú pudieras salvarte, pero no me lo perdonas. No ha sido fácil, no al menos para mí. Déjame que te explique lo que ocurrió aquella noche. Cuando tomé la decisión de separarme de tu padre. No me va a ser fácil, no ahora que ya no tengo voz y que te escribo esta carta con la boca, por que es lo único que puedo usar postrada en esta silla de ruedas. Ya te habrán dicho que padezco una tetraplejía a consecuencia de la lesión en la nuca y en la columna vertebral. Los médicos dicen que ya no me moveré, tampoco puedo hablar por el infarto cerebral que sufrí tras el último maltrato de tu padre y no puedo mover nada más que mis párpados, un dedo y algún músculo facial, en el hospital me cuidan bien, me alimentan por una sonda y puedo respirar gracias a una traquetomía que me han practicado. Pero pese a todo esto, puedo pensar y tengo intactas mis capacidades mentales, o al menos eso dice el Dr. Gutierrez. Sólo quiero decirte hijo mío, que nada de esto hubiera sucedido si yo no me hubiera empeñado en esconderte todo lo que estaba ocurriendo, el maltrato de tu padre. Mi peor error fue no denunciarlo la primera vez y buscar ayuda. Y aquí estoy. ¡Postrada! Y sin habla…Los abuelos cuidan bien de mí. Sólo espero que me entiendas y que me perdones. ¡Tengo muchas ganas de verte hijo!. ¡Ven pronto!.

TE QUIERE
JULIA

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MAR EN OBRAS

martes, 15 de junio de 2010
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Por debajo de la sal, entre la fluidez del agua, donde el mar se funde con nuestro horizonte dérmico, puedo leerlo en tu piel, con mis ojos de memoria de pescado y allí tatuado en tu costado reza un mar en obras donde viven los peces.
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MUÑECAS DE EBANO

martes, 8 de junio de 2010
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Charita se retuerce en su agonía, la noche ha sido larga y espesa, con ese calor húmedo que abrasa la piel en la Habana y que nos deja viviendo asfixiados entre pulmón y pulmón. Muy cerca de ella su oso de peluche magullado le acuna el costado izquierdo entre un resto que llora jugo de guarapo, sin más pretensiones que la de abrazarla. Sobre su torso infantil un collar de perlas resbala por su piel rozándole un pecho casi imperceptible y sus largas cuentas van cayendo hasta rozar su ombligo para dejar colgando su desnudez herida justo en el precipicio de un pubis tan despoblado como el de un recién nacido. Bajo el collar, un corazón diminuto late sin musa ni poeta, marcando una existencia a la deriva y sin salvavidas.
La presa cautiva de sus licencias nocturnas, se recoge el pelo en una coleta y se sienta a la orilla de la cama, con la cabeza baja y la mirada perdida en alguna parte del suelo, como un eterno pasajero esperando en el andén de su propia vida, mientras ese corazón descuartizado espera el milagro de un transplante.

Bajo la luz de neón que se filtra por la vieja ventana Charita se sujeta con la mano contraria el brazo izquierdo, fragmentado, casi anestesiado por el dolor y el brillo de la bombilla que cuelga del techo, sin adornos, le devuelve el matiz de los moretones en el rostro. Es el vivo retrato de una muñeca anacrónica y destartalada maquillada de rojo carmín. Sobre la mesilla de noche un billete de diez euros arrugado y algunos caramelos proclaman a los cuatro vientos el decálogo de una niñez franqueada, rota a tiras, violada, vendida, usurpada, partida en trozos como una sandía, con sus doce años supurando el calvario de los actos de otros.

La puerta de madera se entreabre y Charita vuelve a tumbarse boca arriba, sobre la cama, en un ritual perenne y monótono. Cierra los ojos y aguarda a que sobre ella recaiga el peso opresivo de algún hombre todo babas con olor a sudor y a colilla que la golpeé por dentro con la carga excesiva de un animal en celo.

Entre la mugrienta habitación una voz infantil se dirige a su comprador y añade:

-...¿Me has traído una muñeca?...

(A todas las muñecas, incoloras y de colores)
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El hombre del banco: Un día perfecto

martes, 1 de junio de 2010
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El repiqueteo enérgico de las campanas de la iglesia despiertan de su ensoñación al hombre del banco que queda tendido boca arriba con los ojos a medio abrir contemplando el movimiento circular del metal sonoro. Junto al estallido musical, el reloj gótico marca las doce en punto, pero antes de que pueda desperezarse, nuevos ruidos con aroma a pólvora lo hacen brincar del recipiente de madera que lo soporta y a la plaza mayor, como en una llamada frenética acuden acicalados de impoluto blanco inmaculado una decena de de niños y niñas con las manos juntas a la altura de la barbilla y semblante de no haber roto un plato en sus vidas. El hombre del banco, que quiere causarles buena impresión se sacude la americana y el pantalón e imitando a la ordenada compañía, se sitúa tras los niños comuniantes  con la misma expresión seráfica que lo precede y caminando junto a ellos se introduce en la iglesia ante el asombro de la concurrencia y en ese transitar por el pasillo que lleva al altar la joven de las trenzas castañas da un inoportuno resbalón que el hombre del banco consigue detener a tiempo con sus negras manos de hollín, pero el mal educado sacristán junto con las intolerantes familias sacan al pobre hombre de la parroquia acusándolo de impostor.

Ya en la calle la anciana señora de rojo, reconoce en él a su difunto hijo y por capricho del destino el hombre del banco termina comiendo en el banquete de la comunión de su incipiente sobrina, ante la mirada insólita de sus nuevos familiares.
  Con el estomago lleno y unas copas de más el hombre del banco se marcha sin despedidas del restaurante y deambulando entre la noche urbana sus pasos lo llevan a un asiento público de piedra esculpida. A sus pies un gran cartel anuncia las nuevas gafas de sol de diseño para la temporada...adormecido por su propio sueño y la ventaja de ser hoy un triunfador cierra los ojos cobijándose bajo esas lentes oscuras dejándose llevar por sus pensamientos hacia  Oculoris...

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CAUTIVOS

martes, 25 de mayo de 2010
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Trinaba eufórico, con un canto tan amarillento como su plumaje cautivo, bajo el cielo protector de su palacio metálico. A dos metros de él Amanda San Millán, la que fuera una afamada doctora, continua balanceándose rítmicamente, arrastrando las arrugas de sus manos entre los barrotes torneados de la mecedora que la contiene, las mismas rejas que la aprisionan y la mantienen en una soledad senil sólo acompañada por su leal cantor.
Por las ventanas abiertas de par en par, la primavera entra y estalla en mil pedazos, el sol empapa de luz todos los rincones de la estancia y el verdear de la hojarasca da paso a las risas de los niños. Las empolvadas estanterías de libros de ciencia se reavivan con la presencia lumínica y como imantado por el emplazamiento, Arón canta su entusiasta melodía.

- Señora, es la hora de las pastillas para la arritmia - interrumpe la enfermera del geriátrico colocándole los comprimidos en la boca - ...¿hoy tampoco tendrá visita?....

Amanda San Millán, ni siquiera la mira, se incorpora muy despacio, con la entereza de un bebé que comienza a dar sus primeros pasos, apoyándose en el bastón gastado, con los cabellos blancos cubriéndole los ojos como una cortina de hilos plateados que juguetea con los surcos de su rostro, hasta que por fin consigue llegar al habitáculo del viejo pájaro. Una vez allí, la anciana acerca su cara a los barrotes y sintiendo el frío metal, abre todo lo que puede sus descolgados párpados para observarlo por última vez, dedicándole una sonrisa maternal y cómplice abre de par en par la puerta de su cautiverio y el pajarillo ya libre echa a volar... el ave desplumada canta desafiando al viento, roza su pico contra el soporte del ventanal, salta varias veces y entona su canto brillante y prodigioso de tenor en un espléndido gorgoteo que fluye por toda la terraza perdiéndose entre los ramajes que conforman el jardín.

La cuidadora agarra a Amanda por el brazo y con calma la sitúa de nuevo en la mecedora, para salir monotonamente de la habitación, abandonándola a su suerte en una jaula de deseos y temores.

La doctora con la mirada perdida entre los barrotes de un concierto mudo de silencio y libertad, saca del bolsillo de su falda una pequeña bolsa de alpiste donde rápidamente entierra las píldoras de la inmortalidad.
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CANIBALES

martes, 18 de mayo de 2010
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Los corderos de togas negras devoran hambrientos de sangre al lobo feroz, en un espectáculo corrosivo de mutilación y masacre, con ansia desmedida hincan sus colmillos entre la carne fresca del astuto cánido, desgarrándolo, acorralándolo en una cacería sin salida, herido a dentelladas, yagándole la conciencia con sus fieras garras, practicándole su justicia suprema y colectiva.
Bajo la tierra, los huesos de los muertos lloran su exigua sepultura. Mientras, en la sala, sobre las sillas agónicas de armazones de cadáveres, los corderos se disfrazan de hombres sin cabeza, con los brazos extendidos y las piernas abiertas, en un penoso, duro, áspero e insalvable banquete de plasma, despiezando la carnaza y erigiendo sus castigos, sin piedad, peligrosos, silentes, asesinos, sobre la presa de la memoria humana.

El cordero negro de mirada
esquizoide sentencia en nombre del rebaño:

-¡Silencio!, ¡he ordenado SILENCIO!.


(Requiem por un sueño de Justicia y Libertad)


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