EL HOMBRE DEL BANCO: Fascinación.

martes, 29 de junio de 2010
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Los rayos comenzaron a hacerse más persistentes, más atacantes, casi inhumanos, acalorando una fina piel traslúcida desde el invierno. Bajo una gorra que no conoce El hombre del Banco amanece rodeado de cuerpos semidesnudos, tendidos en la cálida arena de una playa bañada por aguas cristalinas, con miedo todavía desliza su mano por la visera y deja al descubierto su ojo derecho desde donde contempla un paisaje humanizador a la par que bullicioso donde unos críos juegan a levantar un enorme castillo de arena, que se esfuma bajo las olas a la enorme sacudida de una de ellas, y bajo la espuma el más pequeño llora su fatalidad y arroja sobre la jubilada del sombrero de flores que yace inerte sobre una pequeña duna, unas cuantas palas de arena con premeditación y alevosía y como recién salida del Jurásico, la señora del sombrero de flores le lanza un alarido tan brutal que el niño encierra su cabeza bajo el cubo de llenar agua y tras ello se vuelve a tender sobre la arena haciendo un surco mayor al que dejó antes de incorporarse para vocear. Medio metro después dos jovenes extienden kilómetros de crema solar por sus espaldas, dibujando nombres y palabras que no pueden ser pronunciadas. Todavía sin comprender que hace allí y como ha llegado, El hombre del banco gira la gorra hacia la parte izquierda de su rostro, destapando esta vez el globo zurdo y una sonrisa de oreja a oreja asoma a su cara cuando descubre aquel seno desnudo sentado junto a él, alineado perfectamente a tan sólo veinticinco centímetros de su mano, tanto es así que al primer movimiento de aquel sinuoso busto, su mano comienza a tomar vida propia, batiendo los dedos en un acorde rítmico desde el meñique al pulgar a modo de escalera como si golpeara suavemente un teclado invisible en un alzamiento que no puede controlar. La oquedad del regazo cercano lo llama a su refugio como a un animal recién parido, sediento y hambriento por lactar y sin pensarselo dos veces El hombre del banco se despoja de su gorra protectora, hace una reverencia doble a aquellos turgentes pechos y se agarra a ellos como al mástil de su propia vida imperándoles todo tipo de agasajos, homenajes y besos, sometiéndolos a su desasosiego hormonal. Pero antes de que la propietaria de aquella caja torácica pudiera balbucear palabra, su asombrado acompañante le propina al Hombre del Banco una somanta monumental a ritmo de pala empuñada por la mujer del sombrero de flores y queda completamente embadurnado por la arena de un pozal que no ha visto llegar.

Sin otro horizonte que aquellos senos prominentes, El hombre del banco se despide fugazmente de la multitud que lo acosa con destino a un recodo mejor y más hospitalario dentro de aquella playa, mientras piensa en lo ciega que está la gente y cada día más y en el favor que le hará al mundo, el día en el que consiga crear Oculoris.

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EL CASO

martes, 22 de junio de 2010
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Cerró la puerta, a esas alturas ya nadie lo iba a echar de menos...o quizás si. Lo sabrían días más tarde cuando encontraran su cuerpo sin vida colgando entre los restos de desperdicios. El informe pericial daría por concluido el caso. El inspector más joven construiría un buen puzzle con todas las piezas, hasta encajar la última y deliberar que había sido un homicidio en primer grado. Las magulladuras de su piel, el olor a descomposición, y la podredumbre en aquella bolsa de basura ahora descubierta, darían por zanjado el misterio.

- Guillermo -grita la madre desde la cocina- ¡ya has vuelto a rebuscar entre la basura!.

- Pero mamá...cuántas veces tengo que decirte que no soy Guillermo, que soy el inspector Gonzalez...

Sobre el alicatado de la cocina, una cascara de plátano es examinada minuciosamente, a través de una lupa, por el ojo incansable de un niño de ocho años, tras la exploración, mira fijamente a su madre y procede al veredicto:

- Culpable. ¡Tú eres la asesina!.
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PALABRAS QUE NO PUEDO PRONUNCIAR

viernes, 18 de junio de 2010
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(Este relato resultó finalista en un certamen oficial de narrativa breve 2009, contra la violencia de género y fue editado en un libro que recogía las obras ganadoras y finalistas con el ánimo de combatir esta lacra social).






PALABRAS QUE NO PUEDO PRONUNCIAR.


Pido la paz y la palabra”

Blas de Otero.



A MI QUERIDO PETER PAN:

Ahora se que puedo contarte esto. No espero con ello que lo entiendas, pero se que al menos me escucharas, que te tomaras la molestia de leer estas letras antes de romper el papel el mil pedazos y de volver a olvidarme. Tienes veinte años, aunque te refugias en tu cuerpo hiperdelgado y en tus sueños de niño, para no tener que crecer. A veces he visto brotar al hombre que hay en ti, pero todavía Peter puede contigo Marcos. Se que la culpa ha sido mía, por que te sobreprotegí en exceso, por que cuidándote de mi mal me olvidé de mi para que tú pudieras salvarte, pero no me lo perdonas. No ha sido fácil, no al menos para mi. Déjame que te explique lo que ocurrió aquella noche...


El día amaneció cálido, en un otoño que ni fu ni fa pero que había venido cargado de lluvias antes de lo previsto. Remolinos de polvo lo inundaban todo, papeles, hojas marchitas y barro se mezclaban entre si junto a los charcos formando pequeños lagos de basura frente al patio de la pequeña consulta que Julia dirigía con la ayuda de su socio Enrique, amigo de la facultad y psicólogo como ella. Dos despachos pequeños, lo justo para el diván del paciente y la mesa y la silla y una pequeña salita que conservaban para poder charlar en horas de descanso, cuando no tenían visitas. Con su máquina de café y una mini nevera para cervezas y refrescos. Eran buenos amigos y la psicología les llevó a montar aquel gabinete en un pequeño piso de la calle Dr. Moliner, junto a una buena zona de nuevas viviendas, jardines, calles amplias, mucha luz y una numerosa agenda de pacientes a los que atender, por lo que en otras palabras, el negocio a parte de producirles mucha satisfacción les iba de maravilla. Julia se dedicaba a la psicología del desarrollo y educativa, enfocada a la infancia, mientras que Enrique dirigía el proyecto de Psicología cognoscitiva y social. Rozando la cuarentena, ambos se encontraban en un buen momento profesional y personal.
Aquella mañana, Enrique llegó el primero, haciendo gala de su puntualidad y comenzó a ordenar sus libros, sus notas y pidió a Marga, su secretaría, que fuera haciendo pasar, por orden riguroso a sus pacientes. Julia se retrasó, como ya era costumbre en los últimos meses. Siempre tenía una excusa, un pretexto para callar las continuas preguntas de su amigo.

Ella estaba asomada al balcón, rodeada por la madrugada de un cielo austero y espeso. Poco antes había cesado de llover con fuerza y la humedad del ambiente aliviaba su mentón, aún ardiente, de la embestida que poco antes había recibido, de la mano de su marido. Recordó su infancia, sin saber por que un grupo de colegialas uniformadas le asaltó la mente, todas aparentemente iguales y al tiempo tan distintas. Se fijó por encima de todas, en aquella de las dos coletas y el flequillo moreno que no cesaba de reír y de brincar y que le hacía muecas desafiantes al niño más déspota de la clase. Se le llenaban las mejillas de carcajadas histéricas y devoraba el mundo sólo con pisar la tierra. Ahora no se reconocía, descolgada en la barandilla, intentaba encontrar algún pensamiento que la hiciera sentirse mejor. Encontrar una justificación convincente a lo que acababa de suceder. Restarle importancia. O en su defecto, hacer como que nada había pasado. Era su manera de sobrevivir y de combatir su dolor. Siempre guardaba un montón de buenos recuerdos e ideas positivas para sacar de la chistera cuando la cosa se ponía fea y así extirpar su sufrimiento. Existencialismo, pensaba, sólo es pura filosofía del sufrimiento. Había repasado cientos de veces en su memoria las citas de Heidegger, Jaspers o Sartre buscando respuestas a sus análisis, pero si la relación hombre-mundo existía y el hombre era lo suficientemente libre como para decidir y responder por sus actos, ¿quién era libre en ese momento?, ¿su marido Carlos por haberle propinado aquella bofetada? ¿o ella para decidir romper con su relación?. Era fácil recetar soluciones a un paciente, a un extraño por que el que nada se siente, pero ¿qué ocurre cuando el dolor, cuando el sufrimiento te invade a ti mismo?.
La madrugada era clara y el cielo seguía manteniendo alguna estrella. Se sentía observada por ellas y sabía que se daban cuenta, por que ya conocían que las cosas no eran así. Que erróneamente se estaba intentando convencer de algo que realmente no creía. A ellas, a las estrellas, compañeras fieles de tantas y tantas reflexiones, no las podía engañar. Se tragaba su angustia, su humillación y su tristeza. Por alguien que extrañamente ejercía un tremendo poder sobre ella, la aniquilaba, la anulaba, la hundía y no la dejaba avanzar.Aunque ahora se encontraba paralizada por la angustia, seguía siendo una mujer muy bella, de estatura media pero bien proporcionada, de formas redondeadas, la piel clara y suave y el pelo rubio y los ojos verdes que había heredado Marcos.
El sonido del despertador la sacó de su mundo contemplativo y antes de que su marido se levantara. Se dispuso a hacer café.
-Buenos días Carlos.
-¿Qué quieres?, ¿es qué no tuvimos bastante jaleo ya anoche?, ¿o es qué tienes ganas de más?.
- Carlos, Carlos, Carlos…no se ni como te acuerdas de mi nombre, tienes tantos a los que nombrar que no se como te atreves a pronunciar el mío. ¿Crees que no se que te acuestas con tu amigo Enrique?.

- Estás sacando las cosas de quicio. Enrique y yo somos colegas de profesión y somos amigos. Nada más.

-Te entiendes con todos. Lo sé. Con tus pacientes, con ese amigo tuyo, con el dentista, que me da hasta vergüenza cuando voy a su consulta.
En un ataque de ira y sin darle la menor oportunidad, la golpeó duramente contra el suelo una y otra vez. Julia no se levantó esta vez, no podía. Se alegró únicamente de que Marcos, su hijo, no estuviera allí contemplando la escena. No se atrevió a balbucear por miedo a las represalias de su esposo. Su vida pasó velozmente frente a ella, por primera vez consideró el maltrato, ese del que tanto se habla. Siempre había pensado que aquello ocurría más bien entre las capas más bajas de la sociedad y al fin y al cabo ella era licenciada y su marido un flamante abogado de familia “bien” al que las cosas, profesionalmente hablando, no le podían ir mejor. Nunca les había faltado de nada. Tenían sus respectivos coches, su apartamento en la playa, una escapada mínima de una vez al año a algún país exótico y eso sin mencionar el bufete de Carlos. Hasta ahora siempre había pensado que su relación sólo precisaba un pequeño ajuste de pareja pero la evidencia del dolor en su cuerpo había hecho saltar por los aires los naipes de un castillo construido con una baraja.
Un portazo la trajo de vuelta a la realidad, era Carlos que acababa de salir maldiciendo.

-Si no estás a las 7 aquí ocupándote de tus cosas y esperándome para cenar, te mataré. ¿Me has oído Julia?.Como pudo se incorporó, se dirigió al baño vomitando y allí temblando se agarró al grifo de la ducha como al mástil de su propia vida, arañándose una y otra vez como para tratar de arrancarse la piel. Se secó palmo a palmo sin reconocerse en el espejo. Esa de allí, la del otro lado, no era ella. No podía ser la Julia que ella conocía, la que luchaba por conseguir sus metas. La idealista que perseguía sueños, que creía en la libertad y en la igualdad. Le dolía más la angustia contenida que las magulladuras y el resto de la paliza.Tomó un Tranquimazin y consiguió recuperar la respiración y relajar el pulso.
Por lo demás el azar se encargó de resolver algunos de sus principales problemas.

- Buenos días Margarita. Cancela todas mis citas para hoy. Diles que estoy enferma y que no he podido venir a trabajar y dile a Enrique que venga inmediatamente a mi despacho. Es urgente. Gracias.

Lo primero que hizo fue tirar a la papelera la foto de sobremesa de Carlos, que decoraba su mesa y lo siguiente buscar en el cajón unas llaves, mientras lo hacía Enrique entró alarmado.

- ¿Qué ocurre Julia?. ¡Dios mío!, ¿qué te ha pasado?. –exclamaba mientras examinaba el moratón abultado en la cara de su amiga-¿Ha sido él verdad?...balbuceó Enrique, ¡tu marido!.

- -Siéntate. ¡No puedo más! – Julia comenzó a sollozar y se tapaba la cara con las manos - Sí Enrique. Ha sido Carlos. Anoche me pegó, siempre lo hace cuando no está Marcos.

-¿Siempre? – repuso el psicólogo. ¿Desde cuándo te está ocurriendo esto?.

- ¿Pegarme?....balbuceo Julia…desde hace un año más o menos. Como sabes, llevamos veinte años casados. No podía imaginar que las cosas fueran a acabar así. Cuando lo conocí era un hombre cariñoso, bueno con nuestro entorno, educado, cortés. Pero al año aproximadamente de casarnos comenzó a obsesionarse con la idea de que salía con otros hombres…los celos lo poseían…comenzamos a tener discusiones, que con el paso del tiempo se hicieron mayores, en las que él siempre buscaba tener la razón e intentaba convencerme de que yo lo hacia todo mal y que era la culpable de todo nos fuera mal como pareja. Luego la emprendió con Marcos. Que si yo sólo tenía ojos para él…y le tomó celos también. Las discusiones se sucedieron. Empezó a acusarme de mala madre y de mala esposa. De que nunca estaba en casa, como me correspondía, que a saber de quien era mi hijo…¿qué tal vez él no era su padre?...
Julia se calmó un poco y miró fijamente a los ojos de su compañero
- Nunca te había contado nada Julio, por que sentía vergüenza, vergüenza como mujer y como psicóloga de no poder controlar la situación, de no poder arreglar las cosas con mi pareja. Pensaba que con el tiempo podríamos superarlo. Y aguanté un día y otro, tratando de comprenderlo de callar para evitar las discusiones cada vez más continuas, mientras Marcos se iba haciendo mayor. Después la vergüenza que sentía se convirtió en miedo, en temor a sus broncas, a hacerlo estallar. No busqué ayuda. ¿Qué pensarían mis compañeros de profesión?. ¡Que equivocada estaba!. Durante más de quince años fueron continuas peleas verbales. Dolorosas pero nada físico. Veía como él se iba apartando de mí emocionalmente. Como si me fuera odiando cada día un poco más. De tanto en cuanto me daba una tregua y entonces se convertía en el hombre más bueno de la tierra…-Julia suspiró y bajó la mirada al suelo- me llevaba el desayuno a la cama. Me traía flores. Me llevaba un fin de semana de viaje sorpresa. Pero eso no duraba mucho. Cuando más confiada estaba volvía a las peleas y mucho peor…me insultaba, me descalificaba, me hacia sentir lo peor…lo físico empezó hace un año más o menos…Un día Marcos llegó tarde a casa y tuvimos una disputa por un castigo que le puso y con el que yo no estuve conforme. Mi hijo se marchó enfadado a casa de mi hermana y entonces ocurrió. Me abofeteó sin más y luego se relajó. Unos días más tarde me pidió perdón. Pensé que jamás volvería a pasar…que Enrique había perdido los papeles, andaba muy liado con un caso del bufete y seguramente la tensión le había jugado una mala pasada. Lo disculpé pensando que era algo que nos podía pasar a todos. Pero no fue así. Estas Navidades me agredió por segunda vez. Le regalé algo que le disgustó. Una pluma Montblancpara su despacho, fue una tontería pero empezó a decirme que después de tantos años juntos yo ya debería saber lo que le gustaba y lo que no, empezó a subirse de tono a volver con los celos y a gritar como un animal – Julia a duras penas lograba hacer entender sus palabras, tragó saliva para proseguir- … estábamos en la cocina y me empujó con todas sus fuerzas, caí contra el horno… fue el día que te dije que había tenido un accidente esquiando. ¿Lo recuerdas?. -Julia prosiguió secándose las lagrimas- Ahora lo veo claro, rechazo del contacto físico conmigo e introspección. No habrá vuelta atrás y me ha costado verlo en mi propia piel y no en la de alguna paciente. – se aclaraba la voz para intentar mantener el tono firme y no contagiar su tristeza a Enrique- Esta es la última vez y no lo pienso volver a permitir. No puedo engañarme más, tengo que tomar una decisión definitiva, hasta un alumno en prácticas me lo aconsejaría. Voy a llamar a Helena, la abogada que sueles recomendar a tus pacientes, para concertar una entrevista. Ella me aconsejará y me guiará en los trámites de la separación.- tragó saliva y sacó un pequeño neceser de su bolso y se retocó suavemente en el maquillaje, mientras se relajaba contemplándose en el pequeño espejo.

- Cuenta conmigo para lo que necesites., Julio la rodeó con el brazo por los hombros y la llevó hasta el corredor, donde tomaron una cerveza.

- Lo tengo todo pensado Enrique. El piso de mis padres está vacío, Carlos piensa que lo tengo alquilado y no me buscará allí. En cuanto arregle las cosas con Helena me traslado, pero eso sí, necesito que alguien saque mis cosas más urgentes de la casa, hablaré con mi hijo Marcos.

- Ten cuidado Julia y sobre todo no le cuentes a Marcos a donde te trasladas. Pero es fundamental que presentes una denuncia. Yo te acompañaré a comisaría.

- Descuida. Alegó Julia con tono despistado y agotado.

Fueron momentos de gran intensidad, llamar a sus padres para comunicarles la noticia, hablar con sus hermanos y apartar el dinero necesario para los trámites y los honorarios del procurador. Carlos era abogado y si algo sabía cierto de él, es que no se iba a rendir. Pero contaba con su alojamiento secreto.
Por consejo de Enrique y como a otras pacientes había sugerido, decidió cambiar la cerradura de su nueva casa y con todo listo quedó en la hamburguesería de la Plaza de Castilla con su hijo Marcos a las 5 de la tarde. Aún eran las 3 y tenía tiempo para descansar un poco, con tanta agitación los sentimientos se habían aplacado mínimamente y el sabor a cierta libertad había superado al temor de la mañana.
Enrique salió de su consulta preocupado y entró en la de ella.

- He terminado mis visitas por hoy Julia. Vamos a comisaria.
- No Enrique, ahora no. Iré sin falta mañana. He quedado con mi hijo a las 5 y es muy importante que hable con él.

Julia fue una madre joven, con tan sólo veinte años, en su época de estudiante universitaria, fue al poco de conocer a Carlos, se quedó embarazada y el temor a perderlo todo y la persuasión de éste, la llevaron a un rápido matrimonio y a una vida aparentemente de bienestar. Recordaba la primera vez que tuvo a Marcos entre sus brazos, sus primeros gateos. De repente pensó que tal vez nunca había amado a Carlos, que sólo se dejó llevar por la falta de previsión, por una situación que la superaba. Recordó a Enrique apoyándola en aquel sprint final de exámenes en el que la barriga le ganaba pulso a la carrera y pensó si tal vez hubiera sido más feliz con él. Aunque veinte años después las cosas se habían hecho más que evidentes. Tan cansada estaba que se durmió y por primera vez en mucho tiempo descansó tranquila y sin miedo.

Marga la despertó de su letargo a las cinco menos cuarto.
- Julia, tiene usted una cita con su hijo a las cinco, ¿lo recuerda?.
- Gracias Margarita. ¡No se que haría yo sin ti!. Me marcho.

Condujo apresuradamente por la avenida del mar que llevaba a aquella hamburguesería donde Marcos la esperaba. Trataba de encontrar las palabras justas, exactas para explicarle lo que había pasado e intentar hacerle sufrir lo menos posible. Siempre había sido su pequeño y ahora con veinte ya cumplidos, lo seguía siendo. Era un pequeño Peter Pan que se resignaba a crecer y a hacerle frente al mundo, por que, y ella lo sabía, lo había protegido sobremanera. De su padre, del mundo real y hasta de ella misma.
Llegó al restaurante y justo al entrar, en la mesa más cercana a la barra se encontraba Marcos. Era un joven alto y delgado. Bastante aniñado para su edad, pero guapo como ella y como su padre. Tenía buenas formas y siempre escuchaba dejando hablar a su interlocutor. No sabía de la rebeldía más de lo que el mismo ojeaba en las revistas masculinas que solía leer.

- Hola Marcos, cariño.
- Hola Mamá, ¿Qué pasa?, ¿por qué hemos quedado aquí y no en casa?. ¿Es que habéis vuelto a discutir tú y papá?...


Marcos era el ojito derecho de su padre. Mimado hasta el extremo por su progenitor. Desde bien pequeño había sido el niño de sus ojos. Y en cuanto a lo material, había recibido el triple de lo que cualquier niño de su edad hubiera deseado. Ahora, era un veinteañero snob y malcriado.


-Marcos… Julia no sabía ni por donde empezar. Como de costumbre, trataría de omitirle lo de la paliza a su hijo para causarle menos dolor.- Verás- continuó. Sí. tu padre y yo hemos discutido. Siempre tiene en el pensamiento que yo le engaño con otros hombres, que me veo con Enrique, con pacientes, en fin que los celos se apoderan de él y no ve otra cosa.



- Ya lo sé mamá, pero eso es mentira. Yo hablaré con él para que se de cuenta y que te perdone.


- Marcos. ¡Hemos tenido una discusión muy fuerte y me voy a trasladar!


- ¿A dónde?, preguntó el pequeño Peter.


- A casa de los abuelos, la que dejaron vacía en la calle Rialto, pero a ti ni se te ocurra decirle nada a tu padre por lo que más quieras.


- Mamá, mi padre no es ningún monstruo, dices eso como si quisiera matarte. Mi padre te quiere y si no le decimos a donde vas a irte no podréis reconciliaros.


- Marcos. Dentro de unos días hablaré con tu padre y se le explicaré todo, tú entre tanto por favor, júramelo, por favor no le digas nada. Te he contado todo esto para que me ayudes a sacar de casa las cosas importantes que tengo allí. El ordenador, mi agenda, mi ropa. ¿Estás de acuerdo?.

- Tranquila mamá, no le diré nada.

- Gracias Marcos y toma una copia de la llave para que puedas llevarme todas las cosas que te he apuntado en esta lista. Julia extendió un brazo delicado, con la piel blanca y suave como el resto de su cuerpo y el muchacho la aceptó.

El hijo la escuchaba atento y silencioso, con esa mirada verde que había heredado de ella, al igual que su piel clara y fina y su cabello rubio que lo hacía todavía más llamativo. Atendía sin asentir ni dar la más mínima muestra de haber sido testigo de otras aberraciones de su padre y después de planear la forma de sacar las cosas de la casa, terminaron de merendar.

Media hora más tarde Julia partió hacia la casa de sus padres en la calle Rialto, con sus nuevas llaves y con la tranquilidad de que la cerradura estaba cambiada.

Cuando Marcos llegó a casa de sus progenitores, encontró a su padre colérico y maldiciendo que Julia no estuviera allí.

Cuando Marcos llegó a casa de sus progenitores, encontró a su padre encendido de celos y maldiciendo que Julia no estuviera en casa.

- ¡Creo que su amante es Enrique!, su compañero. ¡Aunque como tiene tantos es difícil saberlo!. ¡Por eso nos ha abandonado para irse con él!.

En el fondo Carlos sentía verdaderos celos de Enrique, por la pasión profesional que compartía con su mujer y por que él mismo siempre lo había encontrado atractivo, un rival duro de roer, joven, alto, de rostro casi femenino, con las facciones perfectas, la tez morena y unos gigantescos ojos azules que odió desde la primera vez, en que clavó los suyos en él. Marcos salió en defensa de su madre.

- Papá estás exagerando. Mamá no tiene ningún amante. De hecho se que te quiere. Sólo se ha ido al piso de los abuelos, en la calle Rialto por que está enfadada. Pero tranquilo, en unos días me ha dicho que hablará contigo y todo volverá a ser como antes. Tenéis que discutir menos y arreglaros de una vez.

- Sí – respondió su padre-, han sido cosas de pareja, tranquilo hijo por que yo ya la he perdonado.

Por un instante las cosas parecieron calmadas, lo cotidiano retomó su rumbo y cada cual volvió a sus tareas habituales. Marcos marchó a su estudio frente al ordenador. Carlos encendió la televisión sin muchas ganas y comenzó a seguir el partido del Valencia-Madrid, que en ese momento se retransmitía. La casa casi adoptaba ya ese tono calmo que solía respirarse después de la tempestad, salvo por la ausencia de Julia.
El móvil de Marcos sonó un par de veces, Carlos prestó voraz atención pero no pudo vislumbrar nada, al cabo de un rato salió el muchacho.

- Me marcho un rato papá, me ha llamado Pedro- Pedro era un buen amigo de Marcos y en ese momento el chico sintió la necesidad de poder estar entre aliados, desahogándose y suavizando los ánimos. Luego cogeré las cosas para mi madre –pensó- me da tiempo a quedar con Pedro y volver a tiempo, me irá bien salir un poco y ver el partido con él.

- Tranquilo Marcos, no te preocupes, sal y diviértete, te espero para cenar.

Conforme se hubo marchado el chico, y después de espiar un rato por la mirilla de la puerta para asegurarse de que Marcos ya no estaba. Carlos salió disparado hacia la habitación del chaval. Cogió su cazadora, que estaba sobre la cama, hurgó en sus bolsillos en los huecos de las cremalleras pero no encontró nada, repitiendo el gesto de desconfianza que siempre refrendaba con su mujer, buscando cosas que su hijo también podía ocultarle, por que él, él era un cero a la izquierda, una basura en aquella casa en la que nadie contaba con su opinión, nadie confiaba en él, por que sus monsergas no le servían a nadie, por que era un pesado y un hombre autoritario, un mal padre y un mal marido y él se tenía que buscar la vida para “descubrir” las cosas que todos le ocultaban. Abrió sus libros, los de las estanterías más altas que parecían entrecerrados, tampoco hubo suerte. Desmontó los cajones de la mesilla y de la mesa escritorio, revolvió en los armarios y decidió darse por vencido. Se dirigió malhumorado hacia la puerta de salida de la habitación, cuando distinguió de pronto la cartera de Marcos, estaba justo en una esquina de la mesa en la parte baja y por eso no había podido verla antes. Se abalanzó sobre ella. Con la fuerza brutal que lo cegaba y lo volvía loco tantas veces. Revisó entre los apuntes de estudiante de primer curso de medicina de su hijo, entre sus bolis, su Ipod, su portátil y amarrado en un pequeño rincón de uno de los bolsillos, desplegó un pequeño trozo de papel, que había sido doblado con tanta precisión, como la de quien él ya conocía, la letra se lo confirmó. Era una nota de Julia. – El portátil, mi agenda que está en el segundo cajón de la mesilla, la ropa interior en el tercer cajón de mi armario….y continuó leyendo hasta llegar al final de la misma. Buscó nuevamente en la cartera, al fondo en una esquina se hallaban las llaves de la casa de sus suegros, deshabitada hasta ese día. Un destello le iluminó la mirada, por primera vez en mucho tiempo, Carlos Urrutia se sintió vivo y lleno de esperanza, vital, un hombre nuevo. ¡Tengo que hablar con ella!, se dijo, ¡volverla a ver! y traerla conmigo, ¡este es su sitio!, ¡basta de niditos de amor y de aventuras!.

Condujo a gran velocidad por la avenida que separa los jardines de Viveros con el mismo cauce del río. Pisó a fondo el acelerador y se saltó varios semáforos en rojo, sin importarle cual fuera su destino, sólo una cosa le ocupaba la mente: Julia. ¡Y ya sabía donde estaba!, ¡con quien! ¡y por que lo había abandonado!. Sólo era cuestión de hacerle entender, a su manera, que tenía que volver a casa con él.

Julia estaba ordenando la casa de sus padres, abriendo ventanas y ventilando de polvo, aquella estancia que había permanecido cerrada durante tantos años. Le vino a la memoria el recuerdo de su hermano Juan correteando por entre las camas, mientras jugaban al escondite, un recuerdo lejano pero agradable, se sintió un poco más joven y más ligera. Marcos volvió a casa de su padre, enmudeció al entrar y no encontrarlo. Rápidamente se dirigió a su habitación en busca de las llaves, todo estaba revuelto, como si la Gestapo misma hubiera entrado a hacer una redada en su estrecho habitáculo. Abrió su cartera pero las llaves ya no estaban. Buscó con nerviosismo su móvil, llamó a su madre, pero el teléfono una vez más no respondió, siempre lo tenía apagado o fuera de cobertura, recordó entonces que una vez Julia le había dado el número de teléfono de Enrique, para urgencias ya que ella siempre andaba sin batería. Sonó una música, una que Marcos conocía por su madre, del mítico grupo Irlandés U2, siguió y siguió sonando, a Marcos se le salía el corazón por el pecho, le iba a estallar en mil pedazos…¡cógelo Marcos, cógelo!...pensó mientras sonaba With or witout you.

-Enrique, ¡escucha!. Estoy llamando a mi madre, pero no la localizo ¿está contigo?.

-No. Pensaba que estaba contigo. Me dijo que habíais quedado para merendar.

-Enrique,. ¡Mi padre ha cogido las llaves del piso de mis abuelos, que me había dado mi madre esta tarde para llevarle sus cosas y ahora mismo él no está en casa!. Y las llaves tampoco. Se que es buena persona, que no le hará nada pero si pudieras localizarla.

- Salgo para allá, es el piso de la calle Rialto, ¿cuál es el número del patio y de la puerta?.

Marcos colgó derrotado, pensó que él también debía de ir allí, que había sido culpa suya por haber quedado con su amigo Pedro y no llevarle las cosas y que ahora sus padres se enfadarían más y que ya jamás se reconciliarían.

-Entendido, le respondió el viejo taxista.

La tarde se le fue haciendo más y más espesa, parecía que no iba a llegar nunca. Cuando llegaron al portal y mientras pagaba la carrera, le alentó comprobar que el coche de Carlos no estaba aparcado a donde la mirada le alcanzaba.
A punto de llamar al timbre de la puerta 3, una vecina abría el portal cargada con varias bolsas de basura.Gracias señora tengo un poco de prisa. Dijo rápidamente mientras se abría paso en el portal. El ascensor marcaba el piso 9 por lo que decidió subir las escaleras de tres en tres y en un varias zancadas, no olvidadas de su época de futbolista amateur, se plantó en el primer piso de la finca. Llamó al timbre y al momento la puerta se abrió.

- Hola Enrique, le respondió Julia con sorpresa y dulzura. ¿Qué haces aquí?., pero pasa hombre, no te vayas a quedar ahí toda la tarde. ¿Es que ha pasado algo?.

- Julia, se acaloraba el hombre, ¿has denunciado a tu marido?.

- No. No he tenido tiempo. Iré mañana por la mañana, te juro que es lo primero que haré cuando me levante.

- ¡Vámonos!, ¡recoge lo que tengas que nos vamos!. Marcos me ha llamado, en un descuido suyo, Carlos ha cogido las llaves y no está en casa. El chico tiene miedo de que venga por aquí.

Julia se sintió desvanecer, no sabía si por su propio miedo o por el que empezaba ya a sentir su hijo. Anduvieron rápidos hasta la puerta y el sonido del cerrojo los echó para atrás. Carlos entró lleno de furia. Una furia que engordaba todavía más su robusto cuerpo, endurecido y fibroso con sus noventa y tres kilos y su 1,90 de estatura, con la fuerza del que hubo sido levantador de pesas durante más de diez años, todavía reservaba esa bravura con sus cuarenta y cinco años ya cumplidos.

- ¡Lo sabía!, ¡sabía que te veías con mi mujer!. Dijo en tono sarcástico, retando a Enrique. ¡Así que este era vuestro nidito de amor!. ¿Y tú qué?. Despotricaba mientras lanzaba su peor mirada de odio a Julia. ¿Qué tienes que decirme ahora?. ¿Qué me lo invento?...

Se abalanzó sobre Enrique con la embestida de un toro, ambos hombres forcejearon y Julia intentó separarlos sin éxito. Los tres cayeron al suelo y con la velocidad del fuego, Carlos sacó del bolsillo de su americana la pluma Montblanc mod.030, que Julia le había regalado, la destapó, regocijándose de placer mientras asestaba con ella un fuerte estacazo en la nuca de su mujer y removía la punta en su trapecio, excavando una y otra vez en el comienzo de su columna vertebral. El dolor se hizo insoportable para ella y la sangre comenzó a brotar como si acabara de escapar de un naufragio. En ese momento la puerta que había quedado entreabierta al paso de Carlos, se volvió a abrir de par en par.

- ¡Mamá!. Exclamó Marcos mientras miraba a su madre tendida en el suelo y con los ojos entrecerrados, que acababa de desvanecerse. - ¡No mamá!-. Y se acercó a separar a los dos hombres. Su padre se enfureció más al ver que intentaba detenerlo y de una fuerte sacudida lanzó a Enrique contra Marcos que cayó sobre una mesa de cristal que se desquebrajó en mil pedazos. La sangre salió de su cuerpo huyendo a borbotones. El cristal más puntiagudo le acababa de atravesar la yugular y en pocos minutos el pequeño Peter Pan moría desangrado.

Un periódico digital daba al día siguiente la noticia en portada: “Un hombre mata a un joven de veinte años y hiere de gravedad a la madre de éste, mientras su marido ha recibido diversas contusiones de consideración…el acusado Enrique Pérez ha pasado ha disposición judicial”…La investigación policial, confirmó tiempo después la muerte de Marcos Urrutia a manos del psicólogo. Sin embargo y aunque la defensa particular de los familiares de Julia y de Enrique acusaron a Carlos de la agresión que lesionó gravemente a su mujer, esta acusación concluyó con la absolución de los cargos por falta de pruebas concluyentes y sobre todo por que no existía una denuncia previa por maltrato La sentencia del juicio, declaró culpable del crimen del joven Marcos a Enrique Pérez, que pasa sus días cumpliendo condena en prisión acusado de asesinarlo. Y absolvió al flamante abogado. El cartel del bufete de abogados de Carlos Urrutia & socios, fue cambiado por uno de mayor calidad en el que se indica: D. Carlos Urrutia, abogado criminalista.

Por otro lado, Julia despertó en un hospital y debido a su grave estado de salud, los médicos aconsejaron a sus familiares, que por el momento, no le comunicaran el fallecimiento de su hijo.

Ahora se que puedo contarte esto. No espero con ello que lo entiendas, pero se que al menos me escucharas, que te tomaras la molestia de leer estas letras antes de romper el papel el mil pedazos y de volver a olvidarme. Tienes veinte años, aunque te refugias en tu cuerpo hiperdelgado y en tus sueños de niño, para no tener que crecer. A veces he visto brotar al hombre que hay en ti, pero todavía Peter puede contigo Marcos. Se que la culpa ha sido mía, por que te sobreprotegí en exceso, por que cuidándote de mi mal me olvidé de mi para que tú pudieras salvarte, pero no me lo perdonas. No ha sido fácil, no al menos para mí. Déjame que te explique lo que ocurrió aquella noche. Cuando tomé la decisión de separarme de tu padre. No me va a ser fácil, no ahora que ya no tengo voz y que te escribo esta carta con la boca, por que es lo único que puedo usar postrada en esta silla de ruedas. Ya te habrán dicho que padezco una tetraplejía a consecuencia de la lesión en la nuca y en la columna vertebral. Los médicos dicen que ya no me moveré, tampoco puedo hablar por el infarto cerebral que sufrí tras el último maltrato de tu padre y no puedo mover nada más que mis párpados, un dedo y algún músculo facial, en el hospital me cuidan bien, me alimentan por una sonda y puedo respirar gracias a una traquetomía que me han practicado. Pero pese a todo esto, puedo pensar y tengo intactas mis capacidades mentales, o al menos eso dice el Dr. Gutierrez. Sólo quiero decirte hijo mío, que nada de esto hubiera sucedido si yo no me hubiera empeñado en esconderte todo lo que estaba ocurriendo, el maltrato de tu padre. Mi peor error fue no denunciarlo la primera vez y buscar ayuda. Y aquí estoy. ¡Postrada! Y sin habla…Los abuelos cuidan bien de mí. Sólo espero que me entiendas y que me perdones. ¡Tengo muchas ganas de verte hijo!. ¡Ven pronto!.

TE QUIERE
JULIA

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MAR EN OBRAS

martes, 15 de junio de 2010
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Por debajo de la sal, entre la fluidez del agua, donde el mar se funde con nuestro horizonte dérmico, puedo leerlo en tu piel, con mis ojos de memoria de pescado y allí tatuado en tu costado reza un mar en obras donde viven los peces.
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MUÑECAS DE EBANO

martes, 8 de junio de 2010
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Charita se retuerce en su agonía, la noche ha sido larga y espesa, con ese calor húmedo que abrasa la piel en la Habana y que nos deja viviendo asfixiados entre pulmón y pulmón. Muy cerca de ella su oso de peluche magullado le acuna el costado izquierdo entre un resto que llora jugo de guarapo, sin más pretensiones que la de abrazarla. Sobre su torso infantil un collar de perlas resbala por su piel rozándole un pecho casi imperceptible y sus largas cuentas van cayendo hasta rozar su ombligo para dejar colgando su desnudez herida justo en el precipicio de un pubis tan despoblado como el de un recién nacido. Bajo el collar, un corazón diminuto late sin musa ni poeta, marcando una existencia a la deriva y sin salvavidas.
La presa cautiva de sus licencias nocturnas, se recoge el pelo en una coleta y se sienta a la orilla de la cama, con la cabeza baja y la mirada perdida en alguna parte del suelo, como un eterno pasajero esperando en el andén de su propia vida, mientras ese corazón descuartizado espera el milagro de un transplante.

Bajo la luz de neón que se filtra por la vieja ventana Charita se sujeta con la mano contraria el brazo izquierdo, fragmentado, casi anestesiado por el dolor y el brillo de la bombilla que cuelga del techo, sin adornos, le devuelve el matiz de los moretones en el rostro. Es el vivo retrato de una muñeca anacrónica y destartalada maquillada de rojo carmín. Sobre la mesilla de noche un billete de diez euros arrugado y algunos caramelos proclaman a los cuatro vientos el decálogo de una niñez franqueada, rota a tiras, violada, vendida, usurpada, partida en trozos como una sandía, con sus doce años supurando el calvario de los actos de otros.

La puerta de madera se entreabre y Charita vuelve a tumbarse boca arriba, sobre la cama, en un ritual perenne y monótono. Cierra los ojos y aguarda a que sobre ella recaiga el peso opresivo de algún hombre todo babas con olor a sudor y a colilla que la golpeé por dentro con la carga excesiva de un animal en celo.

Entre la mugrienta habitación una voz infantil se dirige a su comprador y añade:

-...¿Me has traído una muñeca?...

(A todas las muñecas, incoloras y de colores)
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El hombre del banco: Un día perfecto

martes, 1 de junio de 2010
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El repiqueteo enérgico de las campanas de la iglesia despiertan de su ensoñación al hombre del banco que queda tendido boca arriba con los ojos a medio abrir contemplando el movimiento circular del metal sonoro. Junto al estallido musical, el reloj gótico marca las doce en punto, pero antes de que pueda desperezarse, nuevos ruidos con aroma a pólvora lo hacen brincar del recipiente de madera que lo soporta y a la plaza mayor, como en una llamada frenética acuden acicalados de impoluto blanco inmaculado una decena de de niños y niñas con las manos juntas a la altura de la barbilla y semblante de no haber roto un plato en sus vidas. El hombre del banco, que quiere causarles buena impresión se sacude la americana y el pantalón e imitando a la ordenada compañía, se sitúa tras los niños comuniantes  con la misma expresión seráfica que lo precede y caminando junto a ellos se introduce en la iglesia ante el asombro de la concurrencia y en ese transitar por el pasillo que lleva al altar la joven de las trenzas castañas da un inoportuno resbalón que el hombre del banco consigue detener a tiempo con sus negras manos de hollín, pero el mal educado sacristán junto con las intolerantes familias sacan al pobre hombre de la parroquia acusándolo de impostor.

Ya en la calle la anciana señora de rojo, reconoce en él a su difunto hijo y por capricho del destino el hombre del banco termina comiendo en el banquete de la comunión de su incipiente sobrina, ante la mirada insólita de sus nuevos familiares.
  Con el estomago lleno y unas copas de más el hombre del banco se marcha sin despedidas del restaurante y deambulando entre la noche urbana sus pasos lo llevan a un asiento público de piedra esculpida. A sus pies un gran cartel anuncia las nuevas gafas de sol de diseño para la temporada...adormecido por su propio sueño y la ventaja de ser hoy un triunfador cierra los ojos cobijándose bajo esas lentes oscuras dejándose llevar por sus pensamientos hacia  Oculoris...

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