PAISAJE MUDO

martes, 31 de agosto de 2010
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PAISAJE MUDO


Bajo las ramas de la frondosa higuera que hace sombra a la entrada del huerto, el tío Manuel se deja cubrir por el atardecer, mientras acaricia la cabeza del viejo perro, como si quisiera traspasarle con los dedos las manchas que lo adornan en un jugueteo en blanco y negro bajo el pelaje mediano, el braco no se mueve, se deja trastear por la mano oportuna y movediza que conoce bien. No tienen que decir nada, ni una palabra, ni un ladrido, ni un sonido que perturbe esa quietud, para percibir la paz colgada en el viento. Una brisa tenue se cuela entre los álamos del río, los chopos platean a su paso rindiendo tributo con su belleza y como gatos en celo maúllan su susurro acompasando a las aguas incesables, bañando sin pausa las rocas milenarias, lavando sus conciencias.

Los dos se miran, no se dicen nada, nada que pueda balbucearse o que pueda ser inventado o escrito, se observan fijamente, hasta el punto de improvisar imaginariamente sus propios términos, como si los seres vivos, los objetos, las plantas pudieran responderles el mismo lenguaje inmutable, desafiando las leyes de las Reales Academias lingüísticas, por encima de cualquier forma o fonema. Dos viejos amigos que no entienden más que de recuerdos impronuncialbes, el perro mueve la cola entusiasmado, levanta sus cansados ojos bajo las descolgadas cataratas que lo hacen parecer doliente y lame el rostro de su dueño.
Tras la higuera, el paredón de piedra delimita los bancales de almendros y cerezos, el tío Manuel se duerme para siempre sobre el paisaje con muro que baña la tarde,
Avispado deja caer su cabeza sobre su regazo compartiendo el mismo sueño por si algún día despertara.


A dos metros, el agua cristalina serpentea el arroyo siguiendo el curso imparable de su propia existencia.


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