EL HOMBRE DEL BANCO: La Dolce Vita.

martes, 23 de febrero de 2010
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EL HOMBRE DEL BANCO: La Dolce Vita.


Caminando sin rumbo entre las calles que cincelan la madrugada de la ciudad, el hombre del banco se fija en una valla publicitaria, que adorna la estrecha carretera con rumbo a ninguna parte, y que toma como protagonista a un robusto hombre de escaso pelo oscuro, traje gris, corbata y mirada afilada, acompañado por dos bellas jóvenes que lo contempla chulesco desde su pedestal gigante y que le recuerda a aquellos viejos films de Bogart. Rápidamente se enamora de aquel personaje brillante, sinónimo del éxito al que acompaña una frase que alega; "La Dolce Vita".

Desconoce por completo a aquel gran actor de tintes negros que se hace llamar Silvio Berlusconi, pero vertiginosamente ha comprendido la esencia desmedida de su potencial de triunfo, una proyección que muy pocos consiguen y decide que él quiere ser como el hombre del cartel, así que apoyado por su pasión por el cine nuestro hombre sale corriendo a toda prisa hacia su madriguera original donde su única pertenencia, una maleta con sus más preciados bienes, lo espera oculto entre los matorrales próximos al estanque de los patos del parque de la Route.

Una vez allí mira hacia todas partes y sabiendo que nadie lo observa se desliza cual serpiente entre la maleza art topiaria y abre sigilosamente la caja de su escaso equipaje, que enseguida le muestra un variopinto contenido entre el que sabiamente revuelve hasta encontrar su vieja cámara Súper-8, pieza de museo y recuerdo de su época de universitario, que ha mantenido atesorada y con ella en la mano desliza sus dedos para acariciar suavemente el objetivo. La frialdad de su metal se funde una vez más con sus pensamientos y una sonrisa lasciva se vuelca en sus labios, produciéndole una felicidad sólo al alcance de unos pocos ..y del contenido preciso de la maleta, extrae su mejor traje, camisa, corbata y zapatos con los que se viste, se repeina deleitándose frente a su pequeño espejo de mano y todo listo y cámara en mano el hombre del banco se sitúa a la entrada del Route junto a un cartel en el que ha escrito: Casting para La Dolce Vita.

No tardan en llegar los primeros participantes al casting, él sabe que va a ser un duro trabajo de selección... una fauna humana de lo más hetereogénea ameniza con su presencia la mañana cinéfila. A la cabeza de aquellos seres, un chaval de unos veintipocos años con sus libros bajo el brazo, seguido por una mujer cercana a la cincuentena con el pelo oxigenado y un chucho esmirriado al que pasea agarrado a un collar de piedras brillantes, un hombre trajeado, un par de treintañeras que consumen un cigarrillo imitando a Marilyn, un viejo anciano aferrado a una botella y tras ellos parados, jubilados angustiados por su exigua pensión, inmigrantes, hastiados...y la fila se hace tan extensa que tiene que citarlos en horarios diferentes para poder inmortalizar el talento de todos ellos.

- De momento probaré hoy con el chaval- pronuncia en tono solemne el hombre del banco - mientras reparte cartones con las jornadas al distinguido reparto de intérpretes y les va cobrando 10 euros a cada uno por los gastos de filmación.

- A ver rubio, ¡demuéstrame que sabes hacer!, necesito el perfil de un desempleado, entre tantos, un hombre joven, con estudios que ha pasado ya la becaria y que engrosa las filas del INEM, ¿puedes hacerlo?...

-Por supuesto que sí señor. -responde el joven de los libros bajo el brazo-.

A la voz de luces, cámara, acción, el espontáneo dorado comienza su actuación estelar dirigiendo su rostro a la cámara.

- Buenos días, mi nombre es Angie, soy economista y nunca he trabajado, pero necesito un trabajo...

Sin dejarlo pronunciar una palabra más, el hombre del banco interrumpe...-¡corten!... ¡Fantástico,! ¡magnífico!...¡has bordado el papel!...¡eres justo lo que necesito!...¡tienes madera chico!...sabes darle a la cámara lo que te pide y ahora vuelve con tus libros y regresa mañana aquí a esta misma hora para entrar en plano con el resto del reparto. Enhorabuena y no dejes de ensayar...esa frase la quiero como si fuera tuya, ¿me entiendes?.

-Por supuesto que sí señor, estoy interpretando mi porpia vida, es muy fácil. Mañana sin falta vuelvo. -añade abrumado el debutante-.

Ya inmerso en su soledad, el hombre del banco siente como late su corazón, bajo la arquitectura delgada de su esqueleto y en ese acompasado tic-tac se recrea, hasta que descubre que el maldito órgano tiene melodía propia y que canturrea anárquico el estribillo confuso que reza; "Allons enfants de la patrie"...con un desamor sereno que cangrena la marejada de su recién estrenada libertad artística y descubre al tiempo que le duelen los ojos de los otros, esos globos cristalinos y viscosos que no ven más allá de sus arquetipos cansados y faltos de emoción y decide que esa será la melodía principal de su película.
La Dolce Vita tendrá un guión sobresaliente de personajes veraces que financiaran su proyecto y decide que sólo él puede interpretar el papel del hombre del cartel, está convencido, él será el director y el protagonista de la cinta, una gran pieza con la que está seguro que la industria Hollywodense se rendirá a sus pies y su proyección se exhibirá en las salas mundialmente, mientras un público deseoso por devorarla esperará largas colas a la puerta de los mejores cines... y algún día, uno de estos, con los millonarios beneficios obtenidos...inaugurará Oculoris.

Cámara bajo el brazo y corbata desajustada, se recuesta en un banco soleado, dejándose llevar por sus pensamientos, y cerrando los ojos sueña con La Dolce Vita. Pero ese sueño pronto se desvanece cuando una jauría de perros rabiosos sintiéndose estafados agarran entre varios a nuestro hombre y a golpes le roban la recaudación, rompiendo en mil pedazos, su vieja cámara súper-8, mientras se esfuman, como su sueño, en la mañana templada de la que pudo ser una Dolce Vita.
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EL HOMBRE DEL BANCO: Bajo el cielo hospiciano.

martes, 16 de febrero de 2010
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BAJO EL CIELO HOSPICIANO.


Se revolvió unos momentos entre el amasijo de mantas que lo cubrían haciendo tambalear el montículo de cartones que lo cobijaban bajo la desamparada madrugada. Más allá del recipiente de madera que lo sostenía, el gélido frío cortaba la mañana en cientos de astillas desapacibles. Entre tanto, comenzó a percibir como una calidez serena lo recorría palmo a palmo por todo el cuerpo, avivando las llamas de su existencia en una combustión sólo fruto de sus nuevos pensamientos y que rápidamente lo ayudaron a combatir los primeros copos de una nieve recién parida que lo desafiaba fuera de su guarida apergaminada. Y es en esa templanza carniforme de sus tropicales razonamientos que el hombre del banco se estira cuan largo es y mientras recoge metódicamente el campamento de sus bienes más preciados y apila mantas y cartones doblándolos con una precisión digna del mejor orfebre ocultándolos bajo el asiento público en el que ha dormido, una sonrisa soberbia y cómplice de sus razonamientos se acerca a sus labios y los viste de gala, mientras se retoca el pelo en un pequeño espejo que siempre lo acompaña oculto en el bolsillo interior de su negra americana, hace un par de muecas burlonas con la boca, se guiña un ojo y decide que hoy será un gran día, uno de esos días memorables, digno de marcar el rumbo de su existencia, porque ha recordado súbitamente que tiene grandes amigos esperándolo, deseando compartir sus valiosas posesiones con él, unos camaradas fieles que nunca le fallaran y comprueba con satisfacción que hay tantos como esquinas y calles...así que sin pensarlo dos veces, el hombre del banco se encamina a la sucursal bancaria más cercana a sus aposentos y con aire distinguido traspasa el umbral de la madriguera bancaria.

- Buenos días señorita, quiero hablar con el interventor.

La desconfiada mujer lo revisa con sus miopes ojos de arriba a abajo y tras un minuto de silencio lo hace pasar a uno de los despachos, donde un joven estirado con olor a Hugo Boss le tiende la mano y le muestra sus afilados dientes blancos.

- Buenos días ¿Qué es lo que desea señor?.

- Pues dinero, como todos -sonríe el hombre del banco- ustedes lo tienen en cantidades ingentes y yo lo necesito para montar Oculoris.

- ¿Oculoris?...el joven estirado abre tanto sus ojos viperinos que deja de mostrar los dientes.

- Sí un gran negocio que tengo en mente.

- ¿Y dispone usted de propiedades, trabajo?...

- Hombre, si los tuviera no vendría a pedirle ese dinero, ¿no le parece?...sonríe aún más el hombre del banco...tuve una agencia de viajes pero con la crisis...

- Pues en ese caso señor, no podemos ayudarle. -le interrumpe el hombre de la dentadura blanca-necesitamos un abal, una garantía de cobro...

- ¡Malditos rufianes!, ¡usureros! y yo que pensaba invitarlos gratis a llorar...

Sin dejarlo pronunciar una palabra más el hombre estirado levanta el brazo y hace una señal a un par de uniformados con cara de pocos amigos que custodían la jauría humana.

- ¡Seguridad por favor!.

Y sin darle la menor oportunidad de explicarse, el hombre del banco es sacado a rastras del engañadizo lugar.

Ya en el exterior el hombre del banco pone en practica una de sus mejores patadas voladoras, contra el lustroso cristal que cita: "queremos ser tu banco" y a carcajada limpia se marcha a toda prisa de aquel refugio de estafadores. Pero ni con éstas se niega a darse por vencido...si aquellos mentirosos no le dejaban su dinero, todavía podía valerse por el mismo y sin pensarlo dos veces, regresa a su escondite original, revuelve entre sus enseres y con brillantez, recorta varios pedazos de cartón sobre los que va escribiendo algo con su fabulosa pluma Montblanc. Hecho esto se dirige hasta la entrada del parque y allí se sienta en el banco más soleado sosteniendo un cartón que dice: "Vendo besos", besos lascivos, 1euro, besos de Judas, 0,50 céntimos, besos de cine, 2euros, besos de amistad 0,30 céntimos, besos castos, 0,40 céntimos, besos de amor, 3 euros...

Y allí se queda aguardando una presa necesitada de besos, capaz de elegir entre la variedad de la que dispone, mientras ve pasar a los transeúntes que lo miran de reojo, unos sonríen, otros apuran el paso, otros cambian de dirección, hasta que por fin una anciana que pasea llevando a su gato en una especie de cesta, se arrima al besador y le pide muy amablemente un beso de amigo para ella y su gato. El hombre del banco, galán y caballero, se levanta, le dedica una gran reverencia a la anciana y sin pensárselo dos veces le entrega su mejor beso de amistad al peludo gato negro y un casto beso a la octogenaria.
La anciana satisfecha por el gran acto, le concede un beso "gratuito" al hombre del banco y le deja sobre el cartonaje que lo acompaña un valioso billete de veinte euros, mientras se disuelve entre el paisaje caminando a paso lento por uno de los senderos del parque.

El hombre del banco, alegre y satisfecho, recoge su negocio y regresa pensativo a su banco original donde decide que ya ha trabajado suficiente por hoy e inmerso en sus reflexiones se duerme plácidamente bajo el cielo hospiciano.
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EL MENTIROSO.

martes, 9 de febrero de 2010
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Muy buenos días amigos:
Hoy os dejo con un relato de mi puño y tecla muy especial para mi.

Saludos.
Arwen

EL MENTIROSO



"El Mentiroso es una versión del póker llevada a los dados, en el que el objetivo del juego se centra en hacer creer al adversario que tenemos una buena jugada".

"El contrincante puede creernos y sin levantar el cubo tratar de superar nuestra tirada o por el contrario saberse engañado y dejar al descubierto la jugada... si no te han mentido, perderás...pero si estabas en lo cierto, habrás ganado"...

"Un juego donde los engaños alcanzan las cuotas más altas de traición. Y donde la verdadera belleza de su naturaleza, reside en discernir la ciega verdad".

"El delito de los que nos engañan no está en el engaño, sino en que ya no nos dejan soñar que no nos engañarán nunca (Víctor Ruiz Irirarte)"

En la pequeña habitación, apenas dos sillas con las que sostener sus delgados cuerpos, la mesa redonda, heredada de la abuela de ella y sobre ésta el tapete verde de los juegos de naipes añadía la nota colorista a la oscuridad de la estancia y al silencio que los separaba en apenas un metro.

Kain, la mira desafiante, mientras un atisbo de carcajada asomaba a sus labios de forma casi lasciva, rabiosa y amenazante dejando entrever su dentadura encajada más tensa de lo que era habitual en él.

- Full ases reyes - asintió. - y desafiándola aún más le replicó -¡si ganas la partida eres libre!, ¡si gano, decido yo!-

Pero ella no le contesta, se limita a mirarlo detenidamente buscando algún resquicio de serenidad o de nerviosismo y tras una breve exploración, intuye la mentira en el reflejo brillante de las pupilas de su compañero y aún así, acepta la jugada.

- Me lo creo - le espetó en voz baja -pensó que era obvio tras el trío de ases que ella le había pasado en la tirada anterior-

El cubilete ocultaba cuatro de los dados y dejaba al descubierto un flamante rey . Sin levantar el vaso jugueteó con los dedos sobre la superficie del vaso, imitando el golpear de un teclado, aspiró profundamente el humo del cigarrillo que consumía, y se tomó plácidamente el resto del contenido de la copa mientras Kain iba perdiendo la poca paciencia de la que disponía. Y sin destapar la jugada, manoseó un par de veces el único dado que había quedado a la vista, lo hizo circular entre sus finos dedos y por fin sonrió.

-¡Bueno, ya estará bien, ¿no?!- replicó Kain, - ¡o es que te vas a pasar toda la noche para tirar unos puñeteros dados!, ¡total para perder no hace falta tanto!...¡va tira ya!...-Kain no soportaba la dilación, lo desesperaba y lo enfurecía, era el perfil exacto del individuo sin capacidad de espera, y por contraste necesitaba alimentar sus expectativas con un ya inmediato donde la frustración era sólo apaciguada por la rapidez de los logros y los éxitos se alejaban desmesuradamente del esfuerzo personal-.

Lea lo mira con desgana, agarra por fin el dado y sin inmutarse le dedica una sonrisa más amarga que el resto del limón que se enjuagaba en sus labios, lanzando los dados finalmente. El pequeño dado va girando sobre la superficie horizontal, mostrando sus resultados aleatoriamente en un juego de jerarquías y combinaciones, hasta que pierde velocidad y se para sobre el tapete mostrando un solemne y majestuoso As.

- Repóker de Ases. -dice sonriendo.

- ¡Pero que dices!, si te he pasado un full de Ases Reyes y ni siquiera has levantado. Pásamelo superior y me lo creo, pero un repóker no. ¡Que yo sé lo que te he pasado!.

-Repóker de Ases- repitió en tono solemne y la sonrisa amarga de Lea, se transforma en carcajada sonora y satisfecha.

- ¡Si no te lo crees levanta!.- Un silencio sordo se apodera del ambiente y los ojos de Kain se van apagando rápidamente, llevándose el brillo desafiante con ellos, ni siquiera levanta el cubilete.

- ¿Cómo lo has sabido?.- Le dice sin mirarla, mientras sus ojos se clavan en el opulento As que preside la mesa y sus gafas muestran el reflejo de un escenario de verdad absoluta. Tan absoluta como la libertad de Lea.

- ¡Gané!, ¡soy libre!,- grita delirante- ¡por observación Kain, por observación!...¡ya me he cansado de tus jueguecitos!, ¡me aburro!, ¡búscate otra marioneta, que yo me marcho!, ¡pero sobre todo cámbiate esas gafas!...revelan demasiados datos.

Lea se levanta, se dirige vencedora hacia su dormitorio, coge sus cosas más urgentes, y piensa que no le hace falta nada más, que el único equipaje que de verdad necesita lo lleva puesto y sale por la entrada principal de la casa, camino de su recién estrenada libertad...mientras se aleja pensando que en la vida la suerte entra por una puerta de la que sólo tú tienes la llave...

Sobre la mesa con tapete colorista, un hombre abatido y derrotado se estremece a la mitad de su cuerpo delgado, mientras una lágrima i
nmediata humedece el As que se muestra en el dado.
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EL HOMBRE DEL BANCO (II): Oculoris.

martes, 2 de febrero de 2010
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EL HOMBRE DEL BANCO (II): OCULORIS


Sentado en su trono público, el hombre del banco se cubre el rostro con las manos, tratando de contener un llanto que ya ha comenzado a asomar por sus insolentes y desafiantes ojos azules, todavía condecorados por sus hazañas, y la primera gota de desazón no tarda en atravesar el meridiano del conducto lagrimal, resbalando por su mentón,cosquilleándole la mejilla para cruzar la hilera de botones que ajustan a la perfección una impoluta camisa blanca de Versace y deslizándose por ella consigue aterrizar en su rodilla izquierda, donde estalla y se funde con el negro del tejido del pantalón para transformarse sólo en una huella salina de manganeso yprolactina y justo en ese instante el hombre del banco se siente más humano que nunca, con la certeza de que es el único animal capaz de llorar y ese descubrimiento le gusta, le apasiona y lo ve todo claro, si él no le había mentido a aquella mujer desconocida que abrazaba a otro, si él no le había dirigido la mirada a la dependienta de la pastelería ¿por qué lloraba?...y ahora lo sabía, lo sabía y le entusiasmaba...eso sólo podía ser filantropía...y más allá de él, un toque de atención, un grito de auxilio amotinado, y junto a esto, amor, ese sustantivo del que tanto se habla y que todo sansían, el nombre inherente que colma films y llena hasta la saciedad las páginas de los libros,...estaba seguro, ¡él amaba delirantemente a la desconocida que iba de la mano de otro! y estaba dispuesto a perdonarle cualquier promiscuidad, cualquier flirteo, cualquier amante, ¡que mejor demostración de cariño que el perdón! y se mientras elabora y disecciona esa realidad, el hombre del banco murmura - hoy mismo cerraré la agencia, mi vida cobra sentido, una certeza como la que sólo se puede tener una vez en la vida,- y dicho esto, el hombre del banco, enloquece de júbilo y se levanta, y ríe, y llora, y salta sobre su trono callejero, invitando a llorar al prójimo y desgañitándose en un hilarismo de felicidad circunstancial, comienza a gritar:

- ¡Estáis todos invitados a mi nuevo local!, Oculoris un lugar para llorar, ánforas repletas de cebollas a nuestra merced, disfrutando de un buen llanto colectivo, hasta el día en que llegue ella, traspasando el umbraltranslúcido que anuncia el lugar oscuro y apacible, repleto de ríos poderosos, de pasiones, de sollozos, de angustia contenida y l a desconocida que va de la mano del otro se aproximará lentamente hacia la barra para encontrarme allí sirviendo los ramajes de una verdura indulgente entre lloriqueos infinitos..¡vamos todos a llorar!, sí, ¡a llorar!...

Mientras, una carcajada histérica se desparrama en su boca y complacido y satisfecho, el hombre del banco se desdibuja caminando entre aquel oasis irreal enmedio de la realidad más urbana, repitiéndose una y otra vez...esta evidencia plena sólo se posee una vez en la vida...
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